El Cireneo y la Verónica son dos personajes del Via Crucis ó
camino de la Cruz de Cristo al Calvario.
El Cireneo es un personaje real, pues el Evangelio lo menciona
claramente; la Verónica es un personaje ficticio, producto de la devoción
popular, a partir de la presencia de mujeres que lloraban la partida de Cristo
a la cruz. La Verónica limpió el rostro ensangrentado de Cristo y el Cireneo le
ayudo a llevar la cruz; ambos le dieron
un apoyo y un consuelo que, podemos
decir, no le sirvió para nada, pues Cristo fue crucificado igualmente; sin
embargo, para el propio Cristo ese consuelo fue muchísimo.
Hay personas en la vida que se comportan como Cireneos y
Verónicas, parece que no hacen nada y en realidad hacen mucho. Una pequeña
colaboración a una asociación benéfica, una firma para un preso encarcelado
injustamente, una ayuda a un compañero de trabajo, a un vecino, una palabra de apoyo, un buen hacer diario, una vida ejemplar, etc. Si sumamos todas
éstas acciones realizadas día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año
tras año, al cabo de toda una vida, el volumen de buenas obras es inmenso y es
entonces cuando se ve su verdadero valor.
La ayuda de los Cireneos y Verónicas no resuelve las crisis
económicas ni los problemas sociales, no soluciona las guerras ni la pobreza
mundial; sin embargo, éstas personas alivian y dulcifican a la sociedad en la
que vivimos, aportan ese grano de trigo
para hacer un granero y esa lucecita que alumbra las tinieblas. Por otra parte,
ésta personas, aunque su acción sea escasa en principio, al cabo de un tiempo
su labor, gracias a su perseverancia crece y se multiplica. Así han surjido
muchos dirigentes sociales, activistas de ongs e instituciones benéficas,
buenos sacerdotes, educadores, padres de
familia ejemplares, trabajadores
modélicos, laicos comprometidos, etc.
Que todos seamos Verónicas y Cireneos
