La inmigración es un drama humano
en nuestros días, y estamos acostumbrados a ver en los informativos gente que
quiere entrar de forma ilegal en la Unión Europea o EEUU, huyendo de la miseria
de sus países de origen y buscando mejores condiciones de vida. Estas personas
se encuentran en su camino con una enorme verja o un mar, que, en ocasiones, se
cobra sus vidas.
Existe un inmigrante muy
especial, es alguien que, a toda costa, quiere entrar, no precisamente en un
país, sino en el corazón del hombre, y trata de hacerlo burlando la vigilancia
de la policía ó a través de un mar embravecido. Este inmigrante no es otro que
el mismo Dios, que quiere entrar en las personas sin ser invitado y de muy
diversas maneras, como buenos deseos,
intenciones de arrepentimiento, ganas de cambiar de vida, toques de
generosidad, etc. Dios quiere entrar en nuestro corazón, pero no
queremos, porque supone una amenaza para nuestro egoísmo, comodidad y nuestro yo, al igual que los
inmigrantes son una amenaza para nuestra Seguridad Social y estado del
bienestar. Por ello cercamos nuestro corazón con una enorme verja, como la de
Ceuta y cuando sentimos que va a entrar, cuando sentimos un arrebato de
solidaridad, lo “devolvemos en caliente” a la policía del otro lado, para que
no nos impida ocuparnos de nuestra vida. A veces consigue entrar, entonces le
llevamos a un centro de internamiento de inmigrantes en un rincón de nuestro
corazón, porque nos parece un deseo bueno, pero será para otra ocasión, que
quizá no llegue nunca. Algún inmigrante consigue escapar de la policía y acaba
vagando por el país viviendo como puede, sufriendo soledad y explotación, Dios
termina de ilegal en nuestro corazón sin recibir otra cosa que nuestra
indiferencia; tenemos esos buenos deseos de generosidad pero no los hacemos
nuestros, no se llevan a cabo, por eso están de ilegales, dentro de un corazón
cerrado por una verja o encerrado en una jaula.
La inmigración como drama humano
es un problema de muy difícil solución. No se puede abrir la puerta de par en par porque no es posible,
materialmente, recibir a todo el mundo y
el problema social es enorme, pero hay que hacer algo por ésta pobre gente. La
solución es muy difícil o quizá no, no se puede abrir la verja de Ceuta ó
Lampedusa, pero si se puede abrir el corazón de las personas y los gobernantes
de los países desarrollados, dejar que entre el inmigrante de la solidaridad,
aunque sea en avalancha. Si existe la pobreza y el subdesarrollo en muchos países
es porque hay intereses políticos y económicos asociados a la corrupción local,
que no son más que corazones desalmados encerrados por una triple verja. En los
añor 90 se hizo en España campaña para destinar el 0,7% del PIB a cooperación
al desarrollo, no se perdería mucho si se destinase el 1%. Estos fondos se
pueden destinar a un gran número de ONGs de reconocida labor solidaria (Manos
Unidas, Combonianos, Oxfam, Medicos sin fronteras, save the children, etc) para
su aplicación en los países de donde procede la inmigración, con auditorías de
garantía, nunca hacerlo con los gobiernos locales, que están plagados de
corrupción. Estas instituciones llevan muchos años trabajando para llevar
educación y desarrollo a los llamados países del 3º mundo; estas instituciones
llevan muchos años abriendo corazones y sacudiendo conciencias.
Cuando el corazón del hombre está
cerrado, en el exterior hay que colocar cerrojos, verjas, policía, fronteras y
fuerzas armadas; pueden contener la inmigración ilegal, no siempre, pero no
resuelven el verdadero problema, que no es otro que el sufrimiento de la gente
dentro y fuera de nuestras fronteras por no tener lo básico para vivir. En cada
hombre que quiere atravesar una alambrada o mar en patera está ese inmigrante,
que quiere entrar en el corazón de la gente. No es fácil resolver el problema
de la pobreza y la inmigración, pero si se pueden aportar muchos granos de
arena o de trigo que al final hacen un inmenso granero.

