viernes, 26 de febrero de 2016

El inmigrante






    La inmigración es un drama humano en nuestros días, y estamos acostumbrados a ver en los informativos gente que quiere entrar de forma ilegal en la Unión Europea o EEUU, huyendo de la miseria de sus países de origen y buscando mejores condiciones de vida. Estas personas se encuentran en su camino con una enorme verja o un mar, que, en ocasiones, se cobra sus vidas.
      Existe un inmigrante muy especial, es alguien que, a toda costa, quiere entrar, no precisamente en un país, sino en el corazón del hombre, y trata de hacerlo burlando la vigilancia de la policía ó a través de un mar embravecido. Este inmigrante no es otro que el mismo Dios, que quiere entrar en las personas sin ser invitado y de muy diversas maneras, como buenos deseos,  intenciones de arrepentimiento, ganas de cambiar de vida, toques de generosidad, etc. Dios quiere entrar en nuestro corazón, pero no queremos, porque supone una amenaza para nuestro egoísmo,  comodidad y nuestro yo, al igual que los inmigrantes son una amenaza para nuestra Seguridad Social y estado del bienestar. Por ello cercamos nuestro corazón con una enorme verja, como la de Ceuta y cuando sentimos que va a entrar, cuando sentimos un arrebato de solidaridad, lo “devolvemos en caliente” a la policía del otro lado, para que no nos impida ocuparnos de nuestra vida. A veces consigue entrar, entonces le llevamos a un centro de internamiento de inmigrantes en un rincón de nuestro corazón, porque nos parece un deseo bueno, pero será para otra ocasión, que quizá no llegue nunca. Algún inmigrante consigue escapar de la policía y acaba vagando por el país viviendo como puede, sufriendo soledad y explotación, Dios termina de ilegal en nuestro corazón sin recibir otra cosa que nuestra indiferencia; tenemos esos buenos deseos de generosidad pero no los hacemos nuestros, no se llevan a cabo, por eso están de ilegales, dentro de un corazón cerrado por una verja o encerrado en una jaula.
      La inmigración como drama humano es un problema de muy difícil solución. No se puede abrir la puerta  de par en par porque no es posible, materialmente,  recibir a todo el mundo y el problema social es enorme, pero hay que hacer algo por ésta pobre gente. La solución es muy difícil o quizá no, no se puede abrir la verja de Ceuta ó Lampedusa, pero si se puede abrir el corazón de las personas y los gobernantes de los países desarrollados, dejar que entre el inmigrante de la solidaridad, aunque sea en avalancha. Si existe la pobreza y el subdesarrollo en muchos países es porque hay intereses políticos y económicos asociados a la corrupción local, que no son más que corazones desalmados encerrados por una triple verja. En los añor 90 se hizo en España campaña para destinar el 0,7% del PIB a cooperación al desarrollo, no se perdería mucho si se destinase el 1%. Estos fondos se pueden destinar a un gran número de ONGs de reconocida labor solidaria (Manos Unidas, Combonianos, Oxfam, Medicos sin fronteras, save the children, etc) para su aplicación en los países de donde procede la inmigración, con auditorías de garantía, nunca hacerlo con los gobiernos locales, que están plagados de corrupción. Estas instituciones llevan muchos años trabajando para llevar educación y desarrollo a los llamados países del 3º mundo; estas instituciones llevan muchos años abriendo corazones y sacudiendo conciencias.
     Cuando el corazón del hombre está cerrado, en el exterior hay que colocar cerrojos, verjas, policía, fronteras y fuerzas armadas; pueden contener la inmigración ilegal, no siempre, pero no resuelven el verdadero problema, que no es otro que el sufrimiento de la gente dentro y fuera de nuestras fronteras por no tener lo básico para vivir. En cada hombre que quiere atravesar una alambrada o mar en patera está ese inmigrante, que quiere entrar en el corazón de la gente. No es fácil resolver el problema de la pobreza y la inmigración, pero si se pueden aportar muchos granos de arena o de trigo que al final hacen un inmenso granero. 




                                      

domingo, 14 de febrero de 2016

Agua viva




      En el Evangelio se narra el encuentro de Cristo con la samaritana, en el que Jesús le dice a la mujer que el tiene un agua que, quien la beba, no tendrá más sed; la samaritana se lo toma a broma y le pide ese agua para no tener que ir todos los días al pozo; Cristo le demuestra que habla en serio diciéndole a la mujer que vive con un hombre que no es su marido; la samaritana se sorprende y a partir de ahí se inicia una conversación que termina con una predicación de Cristo en el pueblo de la mujer. Al margen del relato evangélico, lo que interesa saber es que es ese agua que quita la sed ó agua viva ¿es una palabra bonita para la devoción religiosa ó es algo verdadero para cambiar a las personas?
       Lo 1º que hay que tener en cuenta es que éste agua viva no sirve para quitar la sed material, entonces ¿para que sirve?, pues para quitar la sed no material, que si que tiene el hombre, aunque no lo vea. ¿Cuál es la sed no material? Pues aquella que brota del propio corazón del hombre, esto se entiende con un sencillo ejemplo: Necesitamos un coche (sed material) un utilitario de 90 cv es suficiente para nuestras necesidades, pero queremos uno que tenga 160 cv, que sea grande y con un montón de extras (sed no material) para poder ostentar y satisfacernos a nosotros mismos. Necesitamos una vivienda, pero queremos un chalet de lujo; necesitamos un empleo, pero de encargado y no de operario; necesitamos vestido, pero que sea 1º marca; necesitamos esposa y marido, pero que sean ricos y guapos. Nunca vamos a estar satisfechos con lo que tenemos, siempre queremos más, porque nuestro corazón tiene sed, sed de amar y ser amado y si no encuentra amor, lo busca en las cosas materiales para quererse a si mismo, busca quererse a si mismo en los caballos de un coche, en unas vacaciones de un crucero, en una casa muy bonita. Quererse a si mismo no es otra cosa que simple egoísmo, y el corazón del hombre está hecho para querer a los demás, está hecho para amar hacia fuera, no hacia dentro y como no puede amar hacia dentro, por muchas cosas bonitas que tenga el hombre, siempre va a querer más, intentando calmar una sed que así no se puede calmar.
      Para calmar la sed del corazón se nos ofrece el agua viva, pero ¿es una droga ó anestesia para olvidar nuestra insatisfacción y volvernos conformistas? De ninguna manera; esta agua apaga un fuego de amargor y egoísmo, pero hace germinar y crecer un árbol de alegría y generosidad, por eso es agua viva. La persona que bebe éste agua, dejar de querer hacia dentro (quererse a uno mismo) para querer hacia fuera y ahora va a tener otra sed, la de darse a los demás, la de querer cambiar el mundo, haciéndolo más humano y hermoso, desde sus posibilidades, aunque solo sea barrer su propia acera.
      Y ¿De qué se compone el agua viva? El agua mineral, dependiendo del manantial del que procede, contiene unas sales minerales y unos micro elementos químicos, pudiendo ser agua medicinal. El agua viva tiene en su composición obras de misericordia o de solidaridad, así como virtudes y bienaventuranzas con un toque de amor de Dios; beberla supone cambiar de vida, pues, de lo contrario no se ha bebido, como esas personas que, en un banquete, para evitar emborracharse, arrojan el contenido de la copa a una maceta, cuando no les ven. Beber agua viva  es ser coherente, escuchar la palabra y ponerla en práctica.