Las carreras de maratón ó media
maratón, son unas pruebas deportivas en las que los participantes corren una
distancia que oscila entre los 20 y 40 km; no se trata de una competición de
velocidad sino de resistencia, y sobre todo de llevar un ritmo constante en el
correr; el corredor que llega a la meta, lo hace bastante agotado, pero tiene
la satisfacción personal de haber finalizado la prueba. En una carrera hay 3
grupos de participantes: los corredores, los espectadores que animan y las
personas que ven la carrera porque es la distracción que hay en la calle en ese
momento, pero sin ningún interés por ella.
Una carrera de maratón, un
partido de futbol, una regata, son competiciones que se pueden aplicar a
nuestra vida, ya que ésta es como una carrera, y no es porque nuestra actividad
diaria se realice “a la carrera” ó con estrés, sino porque la vida es una
carrera que hay que realizar hasta llegar a la meta. Ahora bien, ¿Cuál es la
carrera que hay que correr?. Existe una carrera de tipo profesional y material
(médico, abogado, maestro, militar, etc)
que nos va a proporcionar unos medios económicos en la vida y una estabilidad
material y social; sin embargo, la carrera verdadera no se refiere al tener
sino al ser, y esto es así porque la meta es el final de nuestra vida. Si
corremos solo en el tener, en lo material, al llegar a la meta perderemos todo
lo ganado, pues nuestra vida termina, nadie nos recordará, ni siquiera nuestros
herederos legales que se beneficiaran de lo que hemos corrido. Si corremos en
el ser, en el ser nosotros mismos, en los valores, las virtudes, la
solidaridad, ect, entonces si que habremos ganado la competición, y tendremos
el reconocimiento de todos los espectadores y nuestros seres queridos.
En la carrera los corredores van
a su ritmo, desde una asociación de voluntariado, institución religiosa, u otra
Ong, desde la dedicación a una familia, desde un trabajo profesional bien
hecho, desde el compromiso con la sociedad en todos los ámbitos, hay muchas
formas de correr. También están los espectadores que animan, no corren físicamente
pero lo hacen con la intención; cuanta gente que da un donativo a una entidad
benéfica, ayuda a familiares y amigos a superar un problema, da de lo poco que
tiene. Otras personas ven la carrera sin interés, los problemas de la sociedad
no son sus problemas, “que lo arregle el estado que para eso cobra impuestos”
se dicen a si mismos. Hay personas que ni siquiera miran la carrera, porque
viven de espaldas a la realidad, encerrados en si mismos y su propio egoísmo.
Incluso hay otro grupo más, aquellos que ponen zancadillas a los corredores,
aquellos que desde la política, el poder, el capital, buscando su propio
beneficio, tratan de entorpecer la buena labor que los corredores están
realizando. ¿A que grupo de personas pertenecemos? Si no somos corredores, por
lo menos que seamos animadores, nunca de los que obstaculizan la competición.
Ha habido y sigue habiendo
grandes corredores: Gandhi, Rigoberta Menchu, Juan Pablo II, Teresa de Calcuta,
Vicente Ferrer, José María Escrivá de Balaguer, Arnulfo Romero, Lech Walesa,
Nelson Mandela, Marguerite Barankitse, la lista es interminable,
afortunadamente, porque siguen surjiendo nuevos corredores, tanto en las
maratones más importantes del mundo como en pequeñas carreras de unos pocos
amigos, lo importante es correr. Para correr hay que entrenarse, eso lo sabe
cualquier maratoniano, y no entrenarse en solitario sino en grupo. Hay que
asociarse y no solo en la lucha por fines nobles como la vida, la paz, los
derechos humanos, el civismo, sino también en lo personal (solidaridad,
santidad, etc); por ésta razón un cristiano necesita hacer comunidad con otros
como él. San Pablo compara al buen cristiano con un corredor de la antigua
Grecia, él nos dice que tiene que correr para alcanzar a Aquel – Dios- que le
alzanzó primero.

