jueves, 30 de junio de 2016

Los hombres que no sabían amar a las mujeres





       A lo largo de la historia de la humanidad la mujer ha tenido una posición de sumisión ante el hombre o de 2º plano. Ya desde los tiempos del hombre primitivo se asignaron las funciones para cada uno; el hombre era la fuerza, necesaria para cazar y para guerrear con las tribus vecinas, el tomaba las decisiones que afectaban a la familia y al poblado; la mujer tenía que criar a los hijos, preparar la comida y otras labores como recolectar frutos, elaborar vestidos, cultivar la tierra, acarrear leña, moler grano y un largo etcétera, sin olvidar que por la noche tenía que soportar al hombre y engendrar más hijos. Este plan de vida se mantuvo desde las primeras civilizaciones, para continuar durante la edad media, edad moderna y parte de la contemporánea. La mujer era considerada el sexo débil, aunque en la práctica, era más fuerte que el hombre, a juzgar por todo el trabajo que tenía que hacer, incluso en supervivencia infantil y longevidad superaba al hombre; el estar en un 2º plano no impidió que hubiese mujeres muy importantes para la historia universal: reinas, santas, escritoras, lideres sociales y hasta militares. “Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer”, porque la mujer siempre ha sido un apoyo para el hombre, aunque éste tardase en reconocerlo. Los hombres querían a las mujeres a su manera, o a la manera establecida por la sociedad de entonces; la propia Iglesia tampoco colaboró a mejorar la situación, pues predicaba la frase de S. Pablo “ mujeres obedeced a vuestros maridos” pero se le olvidó leer la continuación “maridos, amad a vuestras mujeres”, porque S. Pablo no era ningún machista, aunque haya quien piense lo contrario. Los hombres no sabían amar a las mujeres, aunque tampoco se esforzaban en aprender.
    Tuvo que llegar finales de siglo XIX y principios de siglo XX para que la mujer empezase a asociarse en ligas femeninas y reclamar sus derechos, aprovechando que se lo permitían.  En España, el voto femenino empezó con la 2ª República en 1931. Después de la 2ª Guerra Mundial,  a partir de escritoras y pensadoras como Simone de Beauvoir, nació un movimiento feminista que se desarrollo en los años 60 con la famosa Revolución Sexual y otras activistas como la famosa actriz Jane Fonda. Este movimiento feminista ha continuado su lucha, vinculado a partidos políticos de izquierda y su mensaje se ha concretado, ya en el siglo actual, con la famosa y perniciosa “Ideología de Genero”. En éste punto hay que decir con rotundidad que una cosa es luchar por una igualdad de derechos hombre-mujer y otra es destruir a la mujer en su esencia- y por consiguiente a la familia natural- porque si los hombres no han sabido amar a las mujeres, ahora las mujeres no van a saber amar a los hombres.
   La ideología de Género dice básicamente que las diferencias entre los sexos, al margen de diferencias anatómicas, se deben al contexto cultural y social en el que vivimos. Un niño es niño o varón porque así se le enseña desde pequeño en la escuela, familia y sociedad en la que vive, y lo mismo para las niñas, y ello es la causa de la desigualdad entre hombres y mujeres. Por tanto, si desde la infancia, los niños reciben una educación en la que se les enseña que no hay sexo sino un genero, como en el lenguaje, que no implica diferencias entre el hombre y la mujer;  y que el ejercicio de la sexualidad depende de la orientación que cada uno, libremente, quiera tomar, entre distintas alternativas: heterosexualidad, homosexualidad, lesbianismo, bisexualidad y lo que se quiera inventar; y que no existe un solo tipo de familia – llamada familia tradicional – sino varios tipos de familia, según la orientación sexual; y que la maternidad no es el camino natural de la mujer, sino algo opcional, que puede ser interrumpido –abortado- siempre que se desee.




     Hombres y mujeres nunca van a ser iguales, aun teniendo los mismos derechos, cada uno tiene su función natural, que es necesaria en la sociedad. La mujer está hecha para la maternidad, el hombre para producir la maternidad en la mujer y ambos están hechos para sacar la familia adelante, trabajar, compartir las tareas del hogar, quererse y dar buen ejemplo; porque una sociedad necesita familias estables, que den hijos ejemplares y con su trabajo, paguen las pensiones de los jubilados, entre otras cosas. Decir que la mujer está hecha para la maternidad no es que debe parir como una coneja, sino que se debe ejercer una paternidad responsable, por parte de ambos, hombre y mujer, teniendo en cuenta los medios de que dispone el matrimonio, sus necesidades, y todo ello, dentro de un clima de amor familiar. Cuando falta ese amor, las familias se rompen, el divorcio no es, sino la estocada final a una familia que ya está muerta.. La falta de amor llevada al extremo, degenera en  violencia, en la llamada violencia de genero, que es un constante desfilar de mujeres en ataúd.
     La lucha por los derechos de la mujer no se soluciona con el aborto libre y gratuito, que mata niños en el vientre de la mujer y permite que el hombre se desentienda de la maternidad, de la que es responsable. En este sentido, es muy triste como ningún país ayuda a una mujer embarazada y con problemas, a que de a luz- salvo a abortar- Esta labor queda relegada a instituciones benéficas particulares, como es el caso de Red Madre en España. La mujer necesita, por parte del Estado, que se iguale su sueldo al del varón y una conciliación laboral, y por parte del hombre, colaboración en el hogar y sentirse amada.
    El hombre tiene que aprender a amar a las mujeres, es su asignatura pendiente, y por mucha igualdad que se quiera poner en la sociedad –igualdad de derechos- hombres y mujeres no son iguales, tienen que aprender a quererse entre si.

      Proyecto Esperanza









miércoles, 8 de junio de 2016

La voluntad de poder





    La voluntad de poder es un concepto acuñado por el filósofo Friedrich Nietzsche, cuyo objeto es la consecución del Superhombre. Nietzsche considera el poder como lo bueno y la felicidad del hombre está en la sensación de que el poder aumenta y se ha superado un obstáculo; por el contrario, lo malo es todo lo que brota de la debilidad. El hombre debe buscar el aumento del poder y no debe tener ninguna moral que se lo impida, no debe buscar la virtud (inclinación hacia el bien) sino la aptitud (capacidad para obrar poder). En cuanto a los débiles y fracasados, éstos deben ser eliminados, imponiendo una selección natural en el hombre; se considera seres débiles aquellos que renuncian a ser superiores y se dejan llevar por una moral de rebaño, concretamente la cristiana.
   Hay que analizar las cosas con un poco de sensatez, una cosa es que la Iglesia Católica se haya corrompido en determinadas épocas de la historia, desacreditándose en la enseñanza de su doctrina, y otra cosa es decir que el hombre, para ser dueño de si mismo y superior, se tenga que librar de toda moral, o sea, de lo que nos enseña que es lo bueno y lo malo. Si el hombre quiere ser un superhombre, como nos dice Nietzsche, entonces lo que va a ser es un “lobo para el hombre” como nos dice Thomas Hobbes, en su obra “El Leviatan” en el que afirma que el estado natural del hombre es la lucha contra su prójimo. Y el hombre es el peor depredador para si mismo, porque posee el arma de destrucción masiva, cuando se emplea mal, que es la inteligencia, ejemplo de ello es el holocausto judío del Nazismo, crímenes del Stalinismo, de Pol pot en Camboya, masacres en Ruanda, estado islámico, multiples terrorismos, etc. Si juntamos dos voluntades de poder, es como juntar 2 gallos de pelea, se termina a garrotazos ó en guerra.
    El hombre es voluntad de sentir, porque es un ser que siente y que padece. Somos una persona en un cuerpo sensorial que sentimos la belleza de las flores, la brisa del mar, una puesta de sol, el esfuerzo del deporte, la buena comida y mejor siesta. Voluntad de sentir es como decir, que la vida es para sentirla y vivirla, que bonito es disfrutar de un cigarrito a la salida del trabajo, yendo caminando a casa tranquilamente, haciendo buen tiempo. Las personas disfrutamos, sobre todo, con los pequeños placeres, porque son sencillos, como nosotros.  Sentimos emociones de alegría, tristeza o ira, que nos produce una hermosa película, un bonito atardecer, una injusticia, una desgracia, una victoria deportiva, etc. También sentimos el dolor, la debilidad física y la muerte, a la que, irremediablemente estamos sujetos.





    Pero el hombre es, ante todo, voluntad de querer o de amar, porque tiene un corazón, que es la capacidad para querer, algo que no está presente en los animales. Si juntamos  2 voluntades de querer, entonces surje una familia, una amistad, porque en ambos hay una capacidad de darse al otro. Frente al modelo del superhombre, propuesto por Nietszche, en el que su fuerza está en su poder,  el Evangelio nos propone el modelo del supercorazón, que encarna el mismo Cristo, en el que su fuerza está en su amor al prójimo.





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