A lo largo de la historia de la
humanidad la mujer ha tenido una posición de sumisión ante el hombre o de 2º
plano. Ya desde los tiempos del hombre primitivo se asignaron las funciones
para cada uno; el hombre era la fuerza, necesaria para cazar y para guerrear
con las tribus vecinas, el tomaba las decisiones que afectaban a la familia y
al poblado; la mujer tenía que criar a los hijos, preparar la comida y otras
labores como recolectar frutos, elaborar vestidos, cultivar la tierra, acarrear
leña, moler grano y un largo etcétera, sin olvidar que por la noche tenía que
soportar al hombre y engendrar más hijos. Este plan de vida se mantuvo desde
las primeras civilizaciones, para continuar durante la edad media, edad moderna
y parte de la contemporánea. La mujer era considerada el sexo débil, aunque en
la práctica, era más fuerte que el hombre, a juzgar por todo el trabajo que
tenía que hacer, incluso en supervivencia infantil y longevidad superaba al hombre;
el estar en un 2º plano no impidió que hubiese mujeres muy importantes para la
historia universal: reinas, santas, escritoras, lideres sociales y hasta
militares. “Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer”, porque la mujer
siempre ha sido un apoyo para el hombre, aunque éste tardase en reconocerlo.
Los hombres querían a las mujeres a su manera, o a la manera establecida por la
sociedad de entonces; la propia Iglesia tampoco colaboró a mejorar la
situación, pues predicaba la frase de S. Pablo “ mujeres obedeced a vuestros
maridos” pero se le olvidó leer la continuación “maridos, amad a vuestras
mujeres”, porque S. Pablo no era ningún machista, aunque haya quien piense lo
contrario. Los hombres no sabían amar a las mujeres, aunque tampoco se esforzaban
en aprender.
Tuvo que llegar finales de siglo
XIX y principios de siglo XX para que la mujer empezase a asociarse en ligas
femeninas y reclamar sus derechos, aprovechando que se lo permitían. En España, el voto femenino empezó con la 2ª
República en 1931. Después de la 2ª Guerra Mundial, a partir de escritoras y pensadoras como
Simone de Beauvoir, nació un movimiento feminista que se desarrollo en los años
60 con la famosa Revolución Sexual y otras activistas como la famosa actriz
Jane Fonda. Este movimiento feminista ha continuado su lucha, vinculado a
partidos políticos de izquierda y su mensaje se ha concretado, ya en el siglo
actual, con la famosa y perniciosa “Ideología de Genero”. En éste punto hay que
decir con rotundidad que una cosa es luchar por una igualdad de derechos
hombre-mujer y otra es destruir a la mujer en su esencia- y por consiguiente a
la familia natural- porque si los hombres no han sabido amar a las mujeres,
ahora las mujeres no van a saber amar a los hombres.
La ideología de Género dice
básicamente que las diferencias entre los sexos, al margen de diferencias
anatómicas, se deben al contexto cultural y social en el que vivimos. Un niño
es niño o varón porque así se le enseña desde pequeño en la escuela, familia y
sociedad en la que vive, y lo mismo para las niñas, y ello es la causa de la
desigualdad entre hombres y mujeres. Por tanto, si desde la infancia, los niños
reciben una educación en la que se les enseña que no hay sexo sino un genero,
como en el lenguaje, que no implica diferencias entre el hombre y la
mujer; y que el ejercicio de la
sexualidad depende de la orientación que cada uno, libremente, quiera tomar,
entre distintas alternativas: heterosexualidad, homosexualidad, lesbianismo,
bisexualidad y lo que se quiera inventar; y que no existe un solo tipo de
familia – llamada familia tradicional – sino varios tipos de familia, según la
orientación sexual; y que la maternidad no es el camino natural de la mujer,
sino algo opcional, que puede ser interrumpido –abortado- siempre que se desee.
Hombres y mujeres nunca van a ser
iguales, aun teniendo los mismos derechos, cada uno tiene su función natural,
que es necesaria en la sociedad. La mujer está hecha para la maternidad, el
hombre para producir la maternidad en la mujer y ambos están hechos para sacar
la familia adelante, trabajar, compartir las tareas del hogar, quererse y dar
buen ejemplo; porque una sociedad necesita familias estables, que den hijos
ejemplares y con su trabajo, paguen las pensiones de los jubilados, entre otras
cosas. Decir que la mujer está hecha para la maternidad no es que debe parir
como una coneja, sino que se debe ejercer una paternidad responsable, por parte
de ambos, hombre y mujer, teniendo en cuenta los medios de que dispone el
matrimonio, sus necesidades, y todo ello, dentro de un clima de amor familiar.
Cuando falta ese amor, las familias se rompen, el divorcio no es, sino la
estocada final a una familia que ya está muerta.. La falta de amor llevada al extremo, degenera en violencia, en la llamada
violencia de genero, que es un constante desfilar de mujeres en ataúd.
La lucha por los derechos de la
mujer no se soluciona con el aborto libre y gratuito, que mata niños en el
vientre de la mujer y permite que el hombre se desentienda de la maternidad, de
la que es responsable. En este sentido, es muy triste como ningún país ayuda a
una mujer embarazada y con problemas, a que de a luz- salvo a abortar- Esta
labor queda relegada a instituciones benéficas particulares, como es el caso de
Red Madre en España. La mujer necesita, por parte del Estado, que se iguale su
sueldo al del varón y una conciliación laboral, y por parte del hombre,
colaboración en el hogar y sentirse amada.
El hombre tiene que aprender a
amar a las mujeres, es su asignatura pendiente, y por mucha igualdad que se
quiera poner en la sociedad –igualdad de derechos- hombres y mujeres no son
iguales, tienen que aprender a quererse entre si.
Proyecto Esperanza
Proyecto Esperanza


