miércoles, 18 de mayo de 2016

El buen ladrón




     El buen ladrón es un personaje del Evangelio, que tuvo la desgracia ó suerte, según se mire, de compartir condena a muerte con Cristo. Este hombre era un delincuente, salteador de caminos, seguramente asesino y zelote (combatiente contra los romanos), compañero del otro delincuente llamado mal ladrón. A pesar de la situación tan terrible, la actitud de éste hombre es hermosa y sorprendente
    El buen ladrón, al que la tradición cristiana ha llamado Dimas, es un hombre que reconoce sus delitos, y acepta la condena a muerte como algo justamente merecido, y así se lo hace ver a su compañero delincuente. Realmente ¿Cuántos delincuentes en prisión, reconocen su mala vida y se arrepienten de ello? Por supuesto que los hay, pero no son la mayoría; y se justifican en que la sociedad, por ser injusta, les ha obligado a delinquir, y ellos no son más que unas victimas (victimismo del delincuente). Un condenado por corrupción política siempre dirá que fue acusado falsamente por sus adversarios políticos; un terrorista siempre dirá que él no es un asesino, sino un luchador por la libertad de su “pueblo”. Si nos salimos del mundo penitenciario y nos vamos a la sociedad en general, vemos que sucede lo mismo; las personas se ofenden unas a otras en sus relaciones habituales de familia, trabajo, vecindad, etc y no se piden perdón, salvo excepciones, siempre la culpa la tiene el otro; y las amistades se pierden, las familias se rompen, los ambientes de trabajo se deterioran.
     Pero además, Dimas es un hombre que va más alla del arrepentimiento, que ya es mucho, porque reconoce a quien está en la cruz con él, reconoce la inocencia de Cristo y su divinidad: no le pide el milagro de salvarle de la muerte, sino la gracia de poder ir al Cielo, porque es lo que le importa  verdad. Con toda seguridad, Dimás tendría una práctica y formación religiosa nula y olvidada, como les sucede a la mayoría de las personas de hoy día, que se declaran no practicantes y agnósticos, sin embargo fue capaz de reconocer a Cristo como Dios, algo de humildad tendría en su corazón; una actitud totalmente contraria a los fariseos (maestros y guardianes de la religión) y sacerdotes del templo (administradores de la religión al pueblo) que no paraban de vociferar todo tipo de improperios e insultos a Cristo, estando sufriendo de dolór.
     El llamado mal ladrón es una imagen bastante acertada de nuestra sociedad. Este hombre le dice a Cristo que se salve a si mismo-que para eso es Dios- y sobre todo, que le libre de la cruz a él y a su compañero, pero nada de reconocer sus delitos. La gente, si alguna vez reza a Dios, es para pedirle “algo” de tipo social, económico ó de salud, pero nada de reconocer nuestras faltas, incluso se afirma con rotundidad que no tenemos pecados ¡Como se puede ser tan caradura! Hace falta un cursillo de humildad, la que tenía el buen ladrón
      El buen ladrón reconoció sus faltas y pidió perdon por ello y aunque tuvo que pagar muy caro por sus delitos, entró en el cielo por la puerta grande.




martes, 3 de mayo de 2016

Alumbrar y esperar




      En el Evangelio se nos presenta la parábola de las 10 virgenes, que esperaban la llegada del esposo al la casa donde se iba a celebrar el matrimonio. Estas jóvenes formaban un cortejo para recibir al novio y, como era de noche, tenían que esperar con una luz encendida. La espera se alargó demasiado y a algunas de éstas chicas se les terminó el aceite de sus lámparas, no fueron previsoras (Virgenes necias) y tuvieron que ir a buscar más aceite. En ese tiempo, llegó el novio y entraron todos a la casa. Cuando llegaron las vírgenes que habían ido a por el aceite, se encontraron la puerta cerrada y se perdieron la ceremonia.
      La función de éstas muchachas era esperar y alumbrar, esperar y alumbrar es una buena actitud de vida para un cristiano corriente o para una persona de buena voluntad; porque hay que alumbrar en la vida, con la luz de la solidaridad, la generosidad, el amor, el compañerismo, la buena vecindad, la belleza, etc. Si observamos los informativos y prensa escrita o digital de nuestros días, la situación no solo es de oscuridad, sino de terrible espanto; afortunadamente, también hay buenas noticias, aunque de menor importancia o trascendencia, porque están protagonizadas por gente sencilla, no dirigentes políticos, y son esas pequeñas luces que alumbran la oscuridad de nuestra sociedad.
      Vale más encender una lucecita que maldecir de las tinieblas y, si en una habitación a oscuras, alguien enciende un móvil o mechero, por pequeña que sea esa luz, todos van hacia ella. Cada uno tiene que iluminar en la medida de sus posibilidades y lo que no alumbremos nosotros, otros no lo van a hacer.





    Hay que alumbrar en la vida, pero también esperar, como las vírgenes que esperaban al esposo. La espera es una actitud muy humana y la esperanza es lo último que se pierde; estamos a la espera y nos preocupa que nos depara la vida, ¿Qué será de nosotros, de nuestros hijos y nuestros seres queridos? Una persona que ha vivido dando luz y calor, tiene que confiar en que, al final de su vida, no se va a quedar desamparado, porque quien da recibe. Para un cristiano la espera va más alla, porque sabe que su vida, aunque se acaba, no se acaba, solo cambia la manera de vivir y es entonces, cuando conocemos a Aquel, por quien hemos vivido con la luz encendida. Que buenas las personas que no han vivido para si mismos y han tenido la lámpara encendida, dando luz y calor;  como la poesía de la Infanta jorobadita, de José María Pemán, que no se preocupan de hilar trajes de oro y plata, sino de ser sencillos en la vida esperando a Aquel que les ama.


Ésta fue la prima noche.
Cuando sonreía el alba

murió la jorobadita,
como se muere una lámpara.
Corrió por todo el palacio
la noticia comentada:
“No vivía en este mundo.”
“Era una criatura extraña.”
Sus hermanas, recelando
por sus trajes de oro y plata,
preguntaban a la dueña:
“¿Qué dura el luto de infantas?”

A la noche la regaron
de lirios y rosas blancas.
La sacaron de puntillas
por una puerta excusada.
Como si fuera al encuentro
del novio que ella soñaba,
iba la risa en sus labios,
la paz en su frente blanca.
Las estrellas y la luna
la vestían de oro y plata.