El buen ladrón es un personaje del Evangelio, que tuvo la
desgracia ó suerte, según se mire, de compartir condena a muerte con Cristo.
Este hombre era un delincuente, salteador de caminos, seguramente asesino y
zelote (combatiente contra los romanos), compañero del otro delincuente llamado
mal ladrón. A pesar de la situación tan terrible, la actitud de éste hombre es
hermosa y sorprendente
El buen ladrón, al que la tradición cristiana ha llamado
Dimas, es un hombre que reconoce sus delitos, y acepta la condena a muerte como
algo justamente merecido, y así se lo hace ver a su compañero delincuente.
Realmente ¿Cuántos delincuentes en prisión, reconocen su mala vida y se
arrepienten de ello? Por supuesto que los hay, pero no son la mayoría; y se
justifican en que la sociedad, por ser injusta, les ha obligado a delinquir, y
ellos no son más que unas victimas (victimismo del delincuente). Un condenado
por corrupción política siempre dirá que fue acusado falsamente por sus
adversarios políticos; un terrorista siempre dirá que él no es un asesino, sino
un luchador por la libertad de su “pueblo”. Si nos salimos del mundo
penitenciario y nos vamos a la sociedad en general, vemos que sucede lo mismo;
las personas se ofenden unas a otras en sus relaciones habituales de familia,
trabajo, vecindad, etc y no se piden perdón, salvo excepciones, siempre la
culpa la tiene el otro; y las amistades se pierden, las familias se rompen, los
ambientes de trabajo se deterioran.
Pero además, Dimas es un hombre que va más alla del
arrepentimiento, que ya es mucho, porque reconoce a quien está en la cruz con
él, reconoce la inocencia de Cristo y su divinidad: no le pide el milagro de
salvarle de la muerte, sino la gracia de poder ir al Cielo, porque es lo que le
importa verdad. Con toda seguridad,
Dimás tendría una práctica y formación religiosa nula y olvidada, como les
sucede a la mayoría de las personas de hoy día, que se declaran no practicantes
y agnósticos, sin embargo fue capaz de reconocer a Cristo como Dios, algo de
humildad tendría en su corazón; una actitud totalmente contraria a los fariseos
(maestros y guardianes de la religión) y sacerdotes del templo (administradores
de la religión al pueblo) que no paraban de vociferar todo tipo de improperios
e insultos a Cristo, estando sufriendo de dolór.
El llamado mal ladrón es una imagen bastante acertada de
nuestra sociedad. Este hombre le dice a Cristo que se salve a si mismo-que para
eso es Dios- y sobre todo, que le libre de la cruz a él y a su compañero, pero
nada de reconocer sus delitos. La gente, si alguna vez reza a Dios, es para
pedirle “algo” de tipo social, económico ó de salud, pero nada de reconocer
nuestras faltas, incluso se afirma con rotundidad que no tenemos pecados ¡Como
se puede ser tan caradura! Hace falta un cursillo de humildad, la que tenía el
buen ladrón
El buen ladrón reconoció sus faltas y pidió perdon por ello y aunque tuvo que pagar muy caro por sus delitos, entró en el cielo por la puerta grande.
El buen ladrón reconoció sus faltas y pidió perdon por ello y aunque tuvo que pagar muy caro por sus delitos, entró en el cielo por la puerta grande.


