En el Evangelio se nos presenta la parábola de las 10
virgenes, que esperaban la llegada del esposo al la casa donde se iba a
celebrar el matrimonio. Estas jóvenes formaban un cortejo para recibir al novio
y, como era de noche, tenían que esperar con una luz encendida. La espera se
alargó demasiado y a algunas de éstas chicas se les terminó el aceite de sus
lámparas, no fueron previsoras (Virgenes necias) y tuvieron que ir a buscar más
aceite. En ese tiempo, llegó el novio y entraron todos a la casa. Cuando
llegaron las vírgenes que habían ido a por el aceite, se encontraron la puerta
cerrada y se perdieron la ceremonia.
La función de éstas muchachas era esperar y alumbrar, esperar
y alumbrar es una buena actitud de vida para un cristiano corriente o para una
persona de buena voluntad; porque hay que alumbrar en la vida, con la luz de la
solidaridad, la generosidad, el amor, el compañerismo, la buena vecindad, la
belleza, etc. Si observamos los informativos y prensa escrita o digital de
nuestros días, la situación no solo es de oscuridad, sino de terrible espanto;
afortunadamente, también hay buenas noticias, aunque de menor importancia o
trascendencia, porque están protagonizadas por gente sencilla, no dirigentes
políticos, y son esas pequeñas luces que alumbran la oscuridad de nuestra
sociedad.
Vale más encender una lucecita que maldecir de las tinieblas
y, si en una habitación a oscuras, alguien enciende un móvil o mechero, por
pequeña que sea esa luz, todos van hacia ella. Cada uno tiene que iluminar en
la medida de sus posibilidades y lo que no alumbremos nosotros, otros no lo van
a hacer.
Hay que alumbrar en la vida, pero también esperar, como las vírgenes
que esperaban al esposo. La espera es una actitud muy humana y la esperanza es
lo último que se pierde; estamos a la espera y nos preocupa que nos depara la
vida, ¿Qué será de nosotros, de nuestros hijos y nuestros seres queridos? Una
persona que ha vivido dando luz y calor, tiene que confiar en que, al final de
su vida, no se va a quedar desamparado, porque quien da recibe. Para un
cristiano la espera va más alla, porque sabe que su vida, aunque se acaba, no
se acaba, solo cambia la manera de vivir y es entonces, cuando conocemos a
Aquel, por quien hemos vivido con la luz encendida. Que buenas las personas que
no han vivido para si mismos y han tenido la lámpara encendida, dando luz y
calor; como la poesía de la Infanta
jorobadita, de José María Pemán, que no se preocupan de hilar trajes de oro y
plata, sino de ser sencillos en la vida esperando a Aquel que les ama.
Ésta fue la prima noche.
Cuando sonreía el alba
murió la jorobadita,
como se muere una lámpara.
Corrió por todo el palacio
la noticia comentada:
“No vivía en este mundo.”
“Era una criatura extraña.”
Sus hermanas, recelando
por sus trajes de oro y plata,
preguntaban a la dueña:
“¿Qué dura el luto de infantas?”
…
A la noche la regaron
de lirios y rosas blancas.
La sacaron de puntillas
por una puerta excusada.
Como si fuera al encuentro
del novio que ella soñaba,
iba la risa en sus labios,
la paz en su frente blanca.
Las estrellas y la luna
la vestían de oro y plata.
Cuando sonreía el alba
murió la jorobadita,
como se muere una lámpara.
Corrió por todo el palacio
la noticia comentada:
“No vivía en este mundo.”
“Era una criatura extraña.”
Sus hermanas, recelando
por sus trajes de oro y plata,
preguntaban a la dueña:
“¿Qué dura el luto de infantas?”
…
A la noche la regaron
de lirios y rosas blancas.
La sacaron de puntillas
por una puerta excusada.
Como si fuera al encuentro
del novio que ella soñaba,
iba la risa en sus labios,
la paz en su frente blanca.
Las estrellas y la luna
la vestían de oro y plata.


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