En el Evangelio se nos presenta la parábola del rico y el
pobre lázaro. En ella hay un hombre muy rico, que vive disolutamente
disfrutando de su enorme riqueza, fiesta
tras fiesta, banquete tras banquete y derroche a todo lujo. Junto a su casa hay
un pobre hombre, pidiendo limosna, muerto de hambre, enfermo y abandonado de
todos. Los dos hombres fallecen un día y
el pobre es llevado al cielo y el rico al infierno, sin dar mas explicaciones
de porque este destino de cada uno. Pero es que no hace falta dar explicaciones; a todos nos parece justo que el pobre vaya al
cielo, por haber sufrido tanto en la vida, y el rico vaya al infierno, por ser
un egoísta miserable.
Si analizamos un poco la parábola podemos ver que, el rico, en realidad no había cometido
ningún delito, tan solo disfrutaba de su riqueza ganada legalmente – porque el
Evangelio no habla si la consiguió de una u otra manera-. El rico tendría sus
tierras ó negocios, pagaría sus impuestos, sería un ciudadano honrado. El rico no tenía obligación legal de socorrer
pobres, tampoco había hecho daño a nadie, no había enviado a unos matones para
dar una paliza al pobre Lázaro, por estar a la puerta de su casa. El rico no
había hecho nada legalmente malo ó delictivo, pero fue al infierno de cabeza.
La imagen de un rico derrochando su riqueza con un pobre a su puerta no es exclusiva de
una parábola que Cristo empleó para predicar. Hay personas de mucho poder
económico que organizan fiestas con
botellas de champan de 6oo euros y cuantos millones de seres humanos hay en el
mundo pasando hambre. Da igual que unos
estén en Marbella y otros en Somalia, vivimos en un mundo globalizado por la
economía y el internet y, al final, todos somos vecinos y conocemos nuestras
necesidades. Estos multimillonarios tampoco cometen ningún delito por disfrutar
fastuosamente de su riqueza, seguramente pagan sus impuestos y cumplen con sus
obligaciones como ciudadanos, pero al final, la situación es la misma que la de
la parábola del Evangelio. Pero no son solo los multimillonarios los que se
olvidan del pobre y excluido de la sociedad, también la clase media y los menos
pudientes se olvidan del pobre, y aunque tienen menos dinero, también lo malgastan, aunque sea en menor
cuantía. Todos queremos disfrutar de la vida y para ello gastamos el dinero que
podamos y cuanto más mejor, solo se vive una vez, comamos y bebamos que mañana
moriremos, decían los antiguos paganos, y por hacer esto no estamos cometiendo
ningún delito, es nuestro dinero después de todo.
El problema viene por que identificamos ser buena persona con
cumplir la legalidad y el ordenamiento jurídico vigente y no es así. Yo soy
buena persona, soy honrado, trabajador y no hago daño a nadie, pues no es
suficiente. Hay que preguntarse si somos
solidarios con el prójimo, si obramos el bien, si somos personas ejemplares.
Cuando acabe nuestra vida se nos va a
preguntar si hemos dado de comer al hambriento, vestido al desnudo, visitado al
enfermo, consolado al triste y, en resumen, amado al prójimo. Al rico del Evangelio le hicieron ésta pregunta y no la pudo contestar
afirmativamente.