domingo, 20 de octubre de 2013

El rico y el pobre Lazaro





       En el Evangelio se nos presenta la parábola del rico y el pobre lázaro. En ella hay un hombre muy rico, que vive disolutamente disfrutando de su enorme riqueza,  fiesta tras fiesta, banquete tras banquete y derroche a todo lujo. Junto a su casa hay un pobre hombre, pidiendo limosna, muerto de hambre, enfermo y abandonado de todos. Los dos hombres fallecen un  día y el pobre es llevado al cielo y el rico al infierno, sin dar mas explicaciones de porque este destino de cada uno. Pero es que no hace falta dar explicaciones;  a todos nos parece justo que el pobre vaya al cielo, por haber sufrido tanto en la vida, y el rico vaya al infierno, por ser un egoísta miserable.
     Si analizamos un poco la parábola podemos ver  que, el rico, en realidad no había cometido ningún delito, tan solo disfrutaba de su riqueza ganada legalmente – porque el Evangelio no habla si la consiguió de una u otra manera-. El rico tendría sus tierras ó negocios, pagaría sus impuestos, sería un ciudadano honrado.  El rico no tenía obligación legal de socorrer pobres, tampoco había hecho daño a nadie, no había enviado a unos matones para dar una paliza al pobre Lázaro, por estar a la puerta de su casa. El rico no había hecho nada legalmente malo ó delictivo, pero fue al infierno de cabeza.
La imagen de un rico derrochando su riqueza  con un pobre a su puerta no es exclusiva de una parábola que Cristo empleó para predicar. Hay personas de mucho poder económico  que organizan fiestas con botellas de champan de 6oo euros y cuantos millones de seres humanos hay en el mundo pasando hambre.  Da igual que unos estén en Marbella y otros en Somalia, vivimos en un mundo globalizado por la economía y el internet y, al final, todos somos vecinos y conocemos nuestras necesidades. Estos  multimillonarios tampoco  cometen ningún delito por disfrutar fastuosamente de su riqueza, seguramente pagan sus impuestos y cumplen con sus obligaciones como ciudadanos, pero al final, la situación es la misma que la de la parábola del Evangelio. Pero no son solo los multimillonarios los que se olvidan del pobre y excluido de la sociedad, también la clase media y los menos pudientes se olvidan del pobre, y aunque tienen menos dinero,  también lo malgastan, aunque sea en menor cuantía. Todos queremos disfrutar de la vida y para ello gastamos el dinero que podamos y cuanto más mejor, solo se vive una vez, comamos y bebamos que mañana moriremos, decían los antiguos paganos, y por hacer esto no estamos cometiendo ningún delito, es nuestro dinero después de todo.
      El problema viene por que identificamos ser buena persona con cumplir la legalidad y el ordenamiento jurídico vigente y no es así. Yo soy buena persona, soy honrado, trabajador y no hago daño a nadie, pues no es suficiente.  Hay que preguntarse si somos solidarios con el prójimo, si obramos el bien, si somos personas ejemplares. Cuando acabe nuestra vida se nos va a preguntar si hemos dado de comer al hambriento, vestido al desnudo, visitado al enfermo, consolado al triste y, en resumen, amado al prójimo. Al rico del  Evangelio  le hicieron ésta pregunta y no la pudo contestar afirmativamente.

lunes, 14 de octubre de 2013

El trastero




El trastero es un cuarto ó habitáculo, que sirve para guardar aquellas cosas, que habitualmente no usamos - tan solo ocasionalmente - , y nos ocupan un lugar en nuestra casa,  asi que para evitar tener trastos en casa, los metemos en un trastero.  Estas cosas, las empleamos ocasionalmente (adornos de navidad,  útiles de pesca, de deporte, maletas, camping, etc). Otras cosas  no se emplean casi nunca,  y permanecen  guardadas en el trastero  de forma indefinida, e incluso, nos olvidamos que las tenemos allí.
Tener cosas guardadas en un trastero y no usarlas nunca, es como si no las tuviésemos. Podemos tener guardado un coche teledirigido fantástico, pero si nunca lo sacamos, - nunca jugamos con el - es como si no lo tuviésemos, aunque  lo tengamos guardado.
Con la Fe cristiana ocurre algo parecido que con los trastos, la tenemos guardada en el trastero de nuestro corazón. Habitualmente no la usamos – ó  practicamos – y ocasionalmente (bodas, bautizos, comuniones, funerales , misas de domingo, etc) la sacamos por necesidad de participar en un acto religioso y sobre todo social. A veces, no la sacamos nunca y queda guardada y olvidada en el último rincón de nuestro corazón. Tenemos Fe, porque la tenemos guardada, pero como no la usamos, es como si no tuviéramos Fe. Es ese coche teledirigido fantástico, que tenemos, que nunca jugamos con él, y es como si no lo tuviéramos. Y ¿por que no jugamos con él?, porque ya nos hemos cansado de jugar;  porque nos cuesta sacarlo de la estantería donde ésta; porque no tenemos ganas de  ir con él a un parque; porque estamos muy ocupados y no tenemos tiempo para jugar. Pero el coche sigue ahí, esperando que nos acordemos de él, para hacernos felices con su velocidad y sus derrapes.
La Fe se encuentra guardada,esperando que nos acordemos de ella, para ayudarnos en el correr de la vida y a superar los derrapes de los contratiempos que nos suceden.
 La Fe no es para usarla ocasionalmente, pues entonces acaba por no servir para nada; como el coche teledirigido, que por falta de uso, se le sulfatan las pilas ó descarga la batería. La Fe es para llevarla siempre con nosotros, al igual que el teléfono móvil ó la cartera. Es tenerla siempre presente en cualquiera de las cosas que nos ocupan en el quehacer de nuestra vida (familia, trabajo, ocio, salud, etc)