La parábola del hijo prodigo es una de las más hermosas que Cristo narra en el Evangelio, para explicar el perdón de Dios hacia las ingratitudes de los hombres. En esta narración hay un hombre que es un rico hacendado con dos hijos. Uno de ellos le pide, en vida, la parte de la herencia que le corresponde y el padre se la concede. El hijo se marcha a otro país donde derrocha el dinero insensatamente viviendo a todo lujo. Cuando se le acaba el dinero, se ve solo, pobre y hambriento. Tiene que trabajar cuidando cerdos para conseguir un trozo de pan que comer. Entonces se da cuenta de la barbaridad y la estupidez que ha cometido; decide volver a su casa para decir a su padre que ha actuado muy mal y suplicarle que, al menos le de un empleo en la hacienda como un trabajador más, sin que le considere su hijo. Pero las cosas no son así, el padre siempre estuvo esperándole y cuando le ve llegar corre a abrazarlo; prácticamente no escucha lo que le dice su hijo, sino que ordena a los otros criados que le vistan bien y preparen una fiesta para celebrar que ha recuperado a su hijo. El otro hijo se encontraba en el campo con otros trabajadores, y al volver se encuentra con la fiesta; al enterarse que es por el regreso de su hermano se indigna y le reprocha a su padre que haga esa celebración con el hijo que ha derrochado media hacienda y por el contrario, él mismo, que siempre ha sido un hijo fiel, nunca ha tenido un detalle para él. El padre le hace ver a su hijo que habían perdido a su hermano y lo habían recuperado, no solo físicamente, sino en todos los sentidos y que él, el hijo fiel, siempre estaba con su padre y era su apoyo fiel. La parábola nos enseña que Dios se alegra cuando un pecador enmienda su vida, al igual que el padre se alegró al recuperar a su hijo perdido.
El objetivo de ésta parábola es explicar el perdón de Dios hacia el hombre pecador, sin embargo podemos profundizar aún más en ella y vamos a encontrar detalles muy sorprendentes. Después de leer ésta narración podemos decir que, al principio de la historia, el padre, el hacendado o empresario no tenía ningún hijo, lo que tenía era un administrador y un vividor o sinvergüenza. Eran sus hijos biológicos, el padre los quería (amor paternal), pero no había amor de los hijos al padre (amor filial) , por lo que se puede decir que no tenía hijos, y los dos hermanos se detestaban entre si.
El hijo vividor se dedicaba a eso, a vivir y a no trabajar. Su padre no era más que la persona a quien pedir el dinero para sus juergas, y su padre se lo daba por que le quería. Su hermano era un idiota que solo sabía trabajar y no hacía más que reprocharle que era un holgazán y un parásito. El hijo administrador era eso, un administrador, buscaba que la empresa diese beneficios. Este hijo era el apoyo de su padre en el funcionamiento de la empresa, y como su padre ya era mayor, casi todo el peso de la hacienda recaía sobre él. El hijo administrador se sentía dueño de la empresa y solo tenía 2 inconvenientes para ello: su padre y su hermano. Su padre tenía que fallecer algún día, solo era cuestión de tiempo, y para entonces, solo Dios sabe que medios emplearía para eliminar a su hermano, pues no iba a permitir que dilapidase la mitad de la empresa.
Este hijo golfo tuvo la brillante o estúpida idea de, en vez de pedir dinero de vez en cuando, pedirlo todo de una vez; pedir la parte de la herencia que le correspondía, que por ser una hacienda o empresa tenía que ser muchísimo dinero. Con ello, el mundo estaría a sus pies, podría estar lejos de su hermano detestable y del tonto de su padre, viviendo a su manera. Para su sorpresa, su padre accedió con facilidad, viéndose con un montón de dinero encima. Fue tomar el dinero y correr.
El hijo pródigo no solo era un holgazán y un vividor, sino un completo irresponsable y un estúpido de campeonato. Todo el dinero que se llevó lo fue perdiendo día a día. Sacaba de la bolsa sin mirar siquiera lo que le quedaba. Y llegó el día en que se le acabó el dinero, era de esperar, nuestro hombre no se lo creía; tanto dinero tenía que le parecía que no se acabaría nunca. A la falta de dinero se sumó una situación de hambre y crisis en el país donde estaba, y empezó a sufrir algo nuevo para el: el hambre; con suerte consiguió un trabajo cuidando cerdos, que no ganaba ni para comer.
En aquella situación tan triste, es cuando por fin, a nuestro hombre se le abrieron los ojos y vio, no solo que había echado su vida al arroyo, sino lo miserable que había sido, con su padre, con su hermano, con todos los que alguna vez le habían mostrado algo de afecto; se lo tenía bien merecido. El daño ya estaba hecho, pero había que asumir las consecuencias. Mi padre no va a querer recibirme en casa, mi hermano menos, pero yo no les voy a pedir eso, sino que el perdón por el daño que les he hecho y que me admitan como un trabajador más de la Hacienda, sin ser ya de su familia, es lo único digno que puedo hacer.
El hijo pródigo emprendió el camino de regreso a casa, lleno de vergüenza y de tristeza, pero sabiendo que era lo correcto. Por su parte el Padre, nunca olvidó a su hijo, siempre se quedaba mirando el camino por el que se marchó de casa, queriendo ver la imagen de su hijo marchándose- ultima que vio- e ilusionándose con la imagen de su retorno. Por ello, uno de esos días que contemplaba el camino, como siempre, al ver a lo lejos la figura de su hijo, no se lo podía creer, era él, que volvía. Tenía que comprobarlo y fue corriendo hacia él. El hijo le vio y sintió un tirón del corazón que le hizo correr, y rápidamente, ambos se fundieron en un abrazo. El hijo se desprendió de su padre para decirle las palabras que había preparado para éste momento; sin embargo, al hablar, vio que su padre no le escuchaba, que le cogía de la mano y le llevaba a la casa llamando a todos para decirles que su hijo había vuelto, que había que hacer una gran fiesta para celebrarlo. Y así fue, los criados le bañaron, le vistieron elegantemente, y prepararon un gran banquete con lo mejor de la casa y la música más alegre.
El hijo administrador se encontraba dirigiendo los trabajos de la hacienda en el campo y, al regresar a casa, se encontró con la sorpresa de una gran fiesta con música e invitados. Cuando se enteró que el motivo de la celebración era la vuelta de "su hermano", no podía creerlo; una mezcla de rabia y odio se adueñó de su corazón; quería entrar a la casa a decir a todos la clase de hermano que tenía y lo idiota que era su padre por agasajarle con la fiesta, pero prefirió quedarse al margen de todo, fuera de la casa. Su padre le vio, fue a hablar con él y entonces el hijo le hablo de ésta manera:
- ¿Como has podido hacer ésta fiesta para ese miserable? ¿Es que no sabes el dinero que hemos perdido por su culpa? Tardaremos mucho tiempo en recuperarlo. ¡Tenías que echarle a los perros! ¿Has perdido la cabeza? ¿Es que quieres que nos arruine del todo? Esta hacienda funciona gracias a mi, siempre estoy contigo trabajando en ella y nunca te he pedido nada, nunca me has dado nada.
- Escúchame hijo - le dijo el padre - Ese miserable es mi hijo y tu hermano, y ambos le habíamos perdido. No le perdimos cuando se marcho con todo el dinero que le di, ya le habíamos perdido hace mucho tiempo; pero hoy le hemos vuelto a encontrar, hoy, de nuevo, ésta con nosotros, y ésto hay que celebrarlo. Pero hay algo más, ésta fiesta no es solo para tu hermano, también es para ti; porque hoy no he encontrado a un hijo que perdí sino a dos. - El hijo administrador le miró sorprendido- Siempre has estado conmigo, pero te ha faltado esa cercanía y esa confianza de hijo para hablarme de las cosas que te gustan, como el hacer una fiesta con tus amigos; y ésto también me hace feliz a mi. Hoy volvemos a ser una familia.
Padre e hijo entraron en la casa y se dirigieron al hermano pródigo. Cuando éste vio aparecer a su hermano, lleno de vergüenza, quiso retirarse, pero su hermano fue más rápido, le agarró del brazo y le dio un abrazo. Cesó la música, todos callaron y se hizo un silencio.
La fiesta continuó hasta muy tarde. Aquel día el padre había recuperado a sus dos hijos. Había recibido mucho más que todo el dinero que perdió por la marcha de su hijo pródigo, y un padre ¿cuando está dispuesto a dar por tener el amor de sus hijos y su familia?
El hijo administrador se encontraba dirigiendo los trabajos de la hacienda en el campo y, al regresar a casa, se encontró con la sorpresa de una gran fiesta con música e invitados. Cuando se enteró que el motivo de la celebración era la vuelta de "su hermano", no podía creerlo; una mezcla de rabia y odio se adueñó de su corazón; quería entrar a la casa a decir a todos la clase de hermano que tenía y lo idiota que era su padre por agasajarle con la fiesta, pero prefirió quedarse al margen de todo, fuera de la casa. Su padre le vio, fue a hablar con él y entonces el hijo le hablo de ésta manera:
- ¿Como has podido hacer ésta fiesta para ese miserable? ¿Es que no sabes el dinero que hemos perdido por su culpa? Tardaremos mucho tiempo en recuperarlo. ¡Tenías que echarle a los perros! ¿Has perdido la cabeza? ¿Es que quieres que nos arruine del todo? Esta hacienda funciona gracias a mi, siempre estoy contigo trabajando en ella y nunca te he pedido nada, nunca me has dado nada.
- Escúchame hijo - le dijo el padre - Ese miserable es mi hijo y tu hermano, y ambos le habíamos perdido. No le perdimos cuando se marcho con todo el dinero que le di, ya le habíamos perdido hace mucho tiempo; pero hoy le hemos vuelto a encontrar, hoy, de nuevo, ésta con nosotros, y ésto hay que celebrarlo. Pero hay algo más, ésta fiesta no es solo para tu hermano, también es para ti; porque hoy no he encontrado a un hijo que perdí sino a dos. - El hijo administrador le miró sorprendido- Siempre has estado conmigo, pero te ha faltado esa cercanía y esa confianza de hijo para hablarme de las cosas que te gustan, como el hacer una fiesta con tus amigos; y ésto también me hace feliz a mi. Hoy volvemos a ser una familia.
Padre e hijo entraron en la casa y se dirigieron al hermano pródigo. Cuando éste vio aparecer a su hermano, lleno de vergüenza, quiso retirarse, pero su hermano fue más rápido, le agarró del brazo y le dio un abrazo. Cesó la música, todos callaron y se hizo un silencio.
La fiesta continuó hasta muy tarde. Aquel día el padre había recuperado a sus dos hijos. Había recibido mucho más que todo el dinero que perdió por la marcha de su hijo pródigo, y un padre ¿cuando está dispuesto a dar por tener el amor de sus hijos y su familia?












