lunes, 16 de junio de 2014

Mensaje en una botella




    El grupo de música The pólice, compuso en los años 80 la canción titulada “message in a bottle”  (mensaje en una botella) en la que se relata que un naufrago, en un isla desierta, lanza una botella al mar con un mensaje dentro, con objeto de que alguien la encuentre y vengan a rescatarle; tiempo después, un día ve la playa de su isla llena de botellas, con mensajes de personas que están solas en una isla desierta, deseando ser rescatadas;  el no es el único solo, hay mucha gente como él.
    Las personas somos como islas en el mar; inicialmente estamos aislados,  pero tendemos puentes ó ponemos un barco que nos comunique  a unos con otros, por diversos motivos (laborales, sociales, familiares, amistad, etc). Muchas veces el agua que separa una isla de otra es pequeña, basta con una pequeña pasarela ó un alargar la mano. Sin embargo, hay islas para las que no hay puentes, no hay un barco que vaya a ellas, e incluso ni se conoce su existencia, porque tampoco existen motivos para comunicarse con ellas;  Así,  las personas que están en esas islas, lanzan botellas  al mar con un mensaje, con la esperanza de que alguien lo encuentre ó encienden fuego, para que lo vea un barco ó avión que pase cerca.
     Hay mucha gente en una islas desiertas, que ó bien no sabemos donde están,  ó más bien no queremos saberlo: cárceles, hospitales, residencias de ancianos, familiares lejanos, antiguos amigos ó compañeros. Pero también hay personas, que su isla no está tan lejana, en realidad está delante nuestro: vecinos, compañeros de trabajo, familia. Las personas de éstas islas sufren todo tipo de soledades, algunas son muy duras: la soledad de un niño que sufre acoso escolar, la soledad de un trabajador en un ambiente hostil, un anciano olvidado  en una residencia, un preso del que nadie quiere acordarse, una persona con su desgracia sin ninguna ayuda, un vecino con sus rarezas, un enfermo. Para ésta gente, no hay puentes, no hay barcos, ni un alargar la mano. Es la soledad que tanto impactó a la Madre Teresa de Calcuta,  que vió en ella la pobreza de los países ricos.
    Existe también una soledad voluntaria,  aquella por la que nos aislamos nosotros mismos y no queremos ninguna comunicación con el exterior, porque estamos mejor así; además, tenemos nuestra propia lancha motora, para ir a la isla de al lado cuando nos interesa y sin ningún tipo de compromiso.
    El comunicarnos con una persona, el relacionarnos, el tender un puente hacia ella, hacia esa isla implica un compromiso; esa persona va a entrar en nuestra vida, en mayor ó menor medida (familia, amigos, vecindad) y nosotros en la suya. El compromiso lleva consigo una aceptación y una entrega y aquí es donde radica el problema de la soledad, en el compromiso. Solo queremos comunicarnos, crear un puente, crear un lazo ó compromiso, con aquella persona que nos interese, porque vamos a obtener un beneficio, material ó social. No queremos establecer un puente ó enviar un barco a aquella isla de la que solo vamos a obtener perdidas materiales y sacrificios.
   Al final, no somos nosotros mismos quienes se comunican ó relacionan con otras personas, son nuestro patrimonio, nuestras cuentas bancarias, el prestigio social y cultural; ellos son los que deciden a que isla ir para explotarla. Nuestro corazón queda fuera de la toma de decisiones, ó mejor dicho, se le destierra a otra isla, como en la película Papillon, ó a una que tenga cárcel de máxima seguridad, como la de Alcatraz.
    Hay que liberar a los corazones encerrados para poder rescatar a los naufragos. 






 

martes, 3 de junio de 2014

La verdadera religión




       Preguntarse hoy día cual es la verdadera religión es algo difícil, puesto que nadie puede pretender estar en posesión de la verdad. Vivimos en una época de respeto y tolerancia, todas las religiones se aceptan siempre que respeten los derechos humanos y su practica y enseñanzas beneficien al hombre. Sin embargo, insistimos en la pregunta ¿Cuál es la religión verdadera?
      A lo largo de la historia todas las religiones e iglesias han tenido muy claro la respuesta. Para la Iglesia Católica todos los no católicos estaban en el error y debían de convertirse; para los protestantes, los católicos eran unos miserables papistas; para los musulmanes los demás eran unos infieles, y así todos las confesiones.
     Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que una doctrina religiosa es aquella que enseña al hombre que Dios es un ser cercano al hombre y no un ente que vive en el Olympo. Este Dios es amor, y pide que todos los hombres se amen unos a otros. Según éste punto de vista, una religión que enseñe al hombre a amar a Dios y al prójimo, será verdadera, de lo contrario no puede ser verdadera. Por tanto, todas las confesiones: católicos, protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes, budistas, hinduistas, sintoístas, etc deben enseñar el amor de Dios al hombre, y el del hombre a sus semejantes, y si no hacen, serán ideologías ó filosofías, que solo sirven para manipular al hombre ó hacerle perder el tiempo.
      No basta con predicar el amor de Dios al hombre, hay que practicarlo por las personas creyentes de la confesión religiosa. De nada sirve que se predique si luego no se practica; entonces estamos ante una hipocresía ó una religión costumbrista, que solo sirve para quedar bien en la foto del bautizo, 1ª comunión ó matrimonio. Los actos públicos como una procesión, rezar en el muro de las lamentaciones ó alrededor de la kaaba en la Meca, quedan vacios si no van acompañados de un corazón con un mínimo de caridad. Por otra parte, no puede admitirse el uso de la religión con fines de poder totalitario, que niega los derechos humanos y justifica delitos contra la humanidad.
      La verdadera religión es aquella que predica y defiende la libertad religiosa, porque Dios da al hombre el bien supremo de la libertad. Podemos decir que todas las enseñanzas religiosas son buenas, y en mayor ó menor medida, verdaderas; el problema está en quien las predica, como las practican y con que finalidad. También hay que tener en cuenta quien las ha predicado ó enseñado (Cristo, Mahoma, Buda, Confucio). Ciertamente, uno de éstos hombres, Cristo, se presentó a la humanidad como el mismo Dios, y murió por ello; de él es el mandamiento de amar a Dios y al prójimo, que es el mandamiento que todo el mundo, sea el creyente que sea, debe practicar.