Hay que preguntarse que es la Navidad. Navidad deriva de
Natividad, es decir nacimiento, el nacimiento de Cristo, que es el verdadero
origen de ésta fiesta. En la Navidad original, tan solo había un portal de
Belén; era un Belén viviente con sus personajes auténticos, pero sin luces en
las calles, ni campaña comercial de grandes almacenes. Durante el imperio
romano, los cristianos comenzaron a celebrar el nacimiento de Cristo. San
Francisco en la edad media, inició la tradición de representar el portal de
Belén. Durante siglos la Navidad fue algo muy sencillo, hasta que llegó el
siglo XX con su consumismo y el invento de Papa Noel (a partir de la tradición
de S, Nicolás) y la Navidad se disparó por los aires. Actualmente ésta fiesta
está envuelta en una muy espesa capa compuesta de espumillón, mazapanes,
abetos, langostinos, jugetes, colonias, turrones, luces de colores,
calzoncillos rojos, cartas a reyes magos, renos, muñecos de nieve de algodón,
pavos, lechazos y cochinillos, sidra y champan, nieve artificial, ríos de papel
aluminio, caminos de serrín, el caganer detrás de una mata y Herodes en lo alto
del castillo. Todo esto es un envoltorio, pero no es la Navidad.
Ciertamente es necesario un envoltorio, pues somos humanos y
no concebimos la fiesta sin comer bien y regalarnos algo, pero la Navidad
verdadera la tenemos que poner nosotros y no se puede comprar en ninguna
tienda, es como la felicidad. Cuando hay personas que dicen que odian la
Navidad ó no les gusta, es porque estas personas no la tienen en su vida. La
Navidad hay que buscarla, como el que busca un regalo, porque se trata de dar
algo a quien queremos y lo que nos mueve es el corazón. Pero ¿Cómo se busca?
Pues no es fácil. Se dice normalmente que la Navidad es para los niños – como si
no fuese para todos los demás- y es cierto, porque los niños ven lo bueno de la
Navidad: los regalos, las vacaciones escolares, la visita a los abuelos, la
casa adornada, la cena de nochebuena, las ferias, la cabalgata de Reyes y
cuando acaba la Navidad se entristecen; no ven todo el trabajo que hay en su
celebración y el malestar que a veces se produce. Si somos capaces de ver la
Navidad como un niño, entonces la habremos encontrado, no quiere decir que no
veamos el coste y trabajo de su
celebración y hasta el sobrellevar a los familiares – que si que lo vemos –
sino que tenemos el corazón ilusionado en la celebración, por encima de todo.
La Navidad es la fiesta de la familia por excelencia, Dios
quiso nacer en una familia. Es la familia reunida en torno a un pesebre y un
árbol coronado por una estrella. Es la ocasión de limar asperezas y expresar
nuestro afecto, con los regalos pero sobre todo con nuestra presencia. Las
luces, los adornos, los villancicos, los regalos, todo ello es la expresión de
un corazón que se hace un hueco en el portal de Belén ó en la rama más alta del
árbol. La celebración comienza desde que sacamos el 1º adorno de la caja, hasta
la cena de Nochebuena, pero se prolonga pasadas las fechas navideñas, porque ya
estamos pensando en la próxima Navidad, porque Dios no nace solamente para unos
pocos días, sino para todo el año.
El día 24 de Diciembre tiene que ser el más bonito del año,
la noche más esperada por todos, y más tarde, el día más recordado. Hay que dar
un beso al niño Jesús a las 12 de la noche, cantar un villancico, abrir los
regalos y hacer muchas fotos; y cuando haya terminado la cena, los familiares se hayan retirado, los platos estén en el
lavavajillas, se apaguen las luces, los niños estén en la cama con su regalo, entonces
hay que ponerse unos instantes junto al pesebre para decir “Gracias por ésta
Navidad”









