Cuando se cultiva una viña, un rosal, ó simplemente un árbol, es para obtener unas uvas, manzanas, rosas ó una sombra, que en los días de verano es un regalo. Si una vid no da uvas, si un rosal no da rosas, están ocupando inútilmente un lugar en la huerta ó jardín de nuestra casa y lo que hay que hacer es arrancarlos y poner otros en su lugar, que nos den fruta, flores ó sombra.
Las personas somos
como plantas de vid, rosales, árboles, etc; tenemos que dar fruto, esto es, ser hombres de
provecho. Si somos unos parásitos y unos inútiles, es como el rosal que no da
rosas; peor es ser una seta venenosa, ésto
es, un delincuente ó alguien, que en su propio beneficio, hace daño a los
demás. El hombre debe dar fruto, pero ¿Qué tipo de fruto?, porque no todos
sirven; El fruto que hay que dar es aquel que se pueda comer y que otras
personas necesitan para comer.
Todos tenemos unas
personas a las que tenemos que alimentar con nuestro fruto, con quienes estamos
unidos por distintos vínculos: familia, amigos, trabajo, vecinos. A nuestra
familia le tenemos que dar el sustento material – que es fruto de nuestro
trabajo- necesario para vivir (alimentación, vestido, vivienda, libros del
colegio y juguetes); pero también hay que darle otro sustento, que no se come
con la boca sino con el corazón, que es el amor familiar. A nuestros amigos,
vecinos, compañeros de trabajo les tenemos que dar el fruto ó la sombra de la
amistad, compañerismo, cooperación y solidaridad.
El hombre de provecho
es aquel que da frutos que se pueden aprovechar, porque hay muchos tipos de
frutos, pero no todos se pueden comer, aunque algunos son muy bonitos. Hay
hombres que dan frutos artísticos, literarios, científicos, empresariales, etc;
son como las amapolas que crecen junto al trigo, ó las castañas que da el
castaño de indias; no se pueden comer por aquellos que lo necesitan. Se puede
ser un gran músico para todo el mundo, y dejar de lado a las personas que
realmente importan por todos esos vínculos que hemos dicho anteriormente.
Hay que preguntarse
que se necesita para ser un hombre de provecho. Si nos fijamos en un árbol que
se encuentra en un terreno sin cultivar, si no se abona, si no se riega, si no
se poda, si no se injerta, no dará fruto ó dará una minucia. Así son las
personas, cultivadas con la educación, abonadas con unos buenos principios de
vida y moral, regadas con el amor, podadas con la renuncia de si mismos hacia
los demás, injertadas en valores humanos.
Existe un fruto muy
precioso y también escaso, es el fruto digno de arrepentimiento, que Cristo
menciona en el Evangelio. Es un fruto reparador, que cura heridas y desamores
con todas las personas queridas y allegadas con nosotros; es el que más cuesta
producir, porque se obtiene a partir del reconocimiento de nuestras faltas y
pecados. También en el Evangelio se nos pone la comparación de la vid, en la
que los sarmientos no dan fruto si no están unidos al tronco; las personas
somos los sarmientos y Cristo es el tronco. Ciertamente, cuando se está unido a
ese tronco, en el amor a nuestros seres queridos, en la solidaridad a personas
necesitadas, en la coherencia con unas enseñanzas cristianas, en la búsqueda del
bien común, es cuando se da fruto de verdad y éste se puede comer.

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