domingo, 25 de enero de 2015

Dar fruto

                                           






      Cuando se cultiva una viña, un rosal, ó simplemente un árbol, es para obtener unas uvas, manzanas, rosas ó una sombra, que en los días de verano es un regalo.  Si una vid no da uvas, si un rosal no da rosas, están ocupando inútilmente un lugar en la huerta ó jardín de nuestra casa y lo que hay que hacer es arrancarlos y poner otros en su lugar, que nos den fruta, flores ó sombra.
Las personas somos como plantas de vid, rosales, árboles, etc;  tenemos que dar fruto, esto es, ser hombres de provecho. Si somos unos parásitos y unos inútiles, es como el rosal que no da rosas;  peor es ser una seta venenosa, ésto es, un delincuente ó alguien, que en su propio beneficio, hace daño a los demás. El hombre debe dar fruto, pero ¿Qué tipo de fruto?, porque no todos sirven; El fruto que hay que dar es aquel que se pueda comer y que otras personas necesitan para comer.
       Todos tenemos unas personas a las que tenemos que alimentar con nuestro fruto, con quienes estamos unidos por distintos vínculos: familia, amigos, trabajo, vecinos. A nuestra familia le tenemos que dar el sustento material – que es fruto de nuestro trabajo- necesario para vivir (alimentación, vestido, vivienda, libros del colegio y juguetes); pero también hay que darle otro sustento, que no se come con la boca sino con el corazón, que es el amor familiar. A nuestros amigos, vecinos, compañeros de trabajo les tenemos que dar el fruto ó la sombra de la amistad, compañerismo, cooperación y solidaridad.
        El hombre de provecho es aquel que da frutos que se pueden aprovechar, porque hay muchos tipos de frutos, pero no todos se pueden comer, aunque algunos son muy bonitos. Hay hombres que dan frutos artísticos, literarios, científicos, empresariales, etc; son como las amapolas que crecen junto al trigo, ó las castañas que da el castaño de indias; no se pueden comer por aquellos que lo necesitan. Se puede ser un gran músico para todo el mundo, y dejar de lado a las personas que realmente importan por todos esos vínculos que hemos dicho anteriormente.
        Hay que preguntarse que se necesita para ser un hombre de provecho. Si nos fijamos en un árbol que se encuentra en un terreno sin cultivar, si no se abona, si no se riega, si no se poda, si no se injerta, no dará fruto ó dará una minucia. Así son las personas, cultivadas con la educación, abonadas con unos buenos principios de vida y moral, regadas con el amor, podadas con la renuncia de si mismos hacia los demás, injertadas en valores humanos.
        Existe un fruto muy precioso y también escaso, es el fruto digno de arrepentimiento, que Cristo menciona en el Evangelio. Es un fruto reparador, que cura heridas y desamores con todas las personas queridas y allegadas con nosotros; es el que más cuesta producir, porque se obtiene a partir del reconocimiento de nuestras faltas y pecados. También en el Evangelio se nos pone la comparación de la vid, en la que los sarmientos no dan fruto si no están unidos al tronco; las personas somos los sarmientos y Cristo es el tronco. Ciertamente, cuando se está unido a ese tronco, en el amor a nuestros seres queridos, en la solidaridad a personas necesitadas, en la coherencia con unas enseñanzas cristianas, en la búsqueda del bien común, es cuando se da fruto de verdad y éste se puede comer.


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