El fariseo y el publicano es una parábola de Cristo, que se encuentra en el Evangelio de San Lucas. En ella se relata como 2 hombres van a rezar al templo en Jerusalen. Uno de ellos es fariseo, reza en pie y su oración consiste en decirle a Dios, o mejor dicho recordarle, lo cumplidor que es con la ley judía, que no olvida ni un precepto; agradece a Dios no ser como otras personas peores que él, sobre todo como un publicano que se encuentra más atras, en un rincón. El otro hombre es ese publicano, al que el fariseo ha menospreciado. Se encuentra arrodillado, mirando al suelo y solo le pide a Dios perdón por sus pecados. Cristo termina la parábola diciendo que el publicano volvió a casa justificado pero el fariseo no. Esto es, que el publicano resultó ser mejor, a los ojos de Dios que el fariseo.
Hay que preguntarse porque Cristo eligió para esta historia a un publicano; podía haber sido otra persona: un pastor, un artesano, un comerciante, un soldado, etc, pero tenía que ser un publicano. El motivo es bien sencillo, el publicano era lo peor en la sociedad judía de los tiempos de Jesús. Los publicanos eran unos canallas despreciables, miserables malnacidos. Podríamos decir de ellos los peores calificativos y no serían suficientes. El publicano era judío y cobraba los impuestos, a su propio pueblo para entregárselos a los romanos- los invasores opresores- Esto era, por si solo, indignante y despreciable, pero además, en cada cobro se llevaban una comisión. Eran unos vendidos al invasor y unos ladrones. A los publicanos les acompañaban unos soldados romanos, encargados de la seguridad del cobrador y de asegurarse el cobro de los impuestos. Si la gente no tenía para pagar, por haber sido un mal año en la cosecha u otros motivos, estos soldados tomaban cualquier cosa de valor que hubiese en la casa del pagador: el asno, una cabra, herramientas de trabajo, algún enser valioso; en ultimo caso, si tenía una hija, se la llevaban como esclava. Si alguien osaba hacer algo para impedir éste latrocinio, los soldados usaban la espada sin contemplaciones; y el pueblo estaba atemorizado, pues sabía que si se rebelaba, vendrían más soldados y sería peor. Todo esto a la vista del publicano.
En esta parábola, sin ser una historia real, sino elaborada por Cristo como ejemplo para su predicación, se pueden desentrañar muchas cosas que hay en los personajes. ¿Por que fué el publicano al templo? el no tenía ninguna necesidad de ello, ya tenía bastante dinero, robado a su propio pueblo. Además, sabía que la gente le iba a mirar con desprecio e incluso abuchearle. Aquel publicano, seguramente llevaba mucho tiempo atormentado. Se daba cuenta que era un miserable, que colaboraba con los romanos. Había visto llorar destrozada a la pobre gente, a quien le habían quitado a su hija por no tener para pagar. ¿Cómo he podido convertirme en un ser despreciable? se decía, yo no era así, yo era un buen hombre. Y llegó un día que no aguantó más, y sin importarle lo que dijeran de él, se fué al Templo, no a rezar, sino a llorar, a pedir perdón por ser un pecador y un canalla; casualmente al lado del fariseo. Es de suponer, aunque la parábola no lo cuenta, que el publicano haría algo para cambiar de vida. Es posible que hiciese como el publicano Zaqueo
El publicano Zaqueo si que fue real. Era jefe de publicanos, esto es: ladrón jefe de ladrones, pero no estaba satisfecho con su vida. Cuando se enteró que Cristo había llegado al pueblo donde vivía, quiso ir a verle, pero era pequeño y la multitud no se lo permitía. Así que se adelantó por donde tenía que pasar Jesús y se subíó a un árbol para poder verlo. Cuando Cristo y la multitud llegaron, Jesús dirigió su mirada a Zaqueo y lo llamó por su nombre, diciéndole que tenía que ir a su casa. Daba la impresión que Cristo había ido a ese pueblo a ver expresamente a Zaqueo. Y así fue. Aquel día Jesús cambió la vida de Zaqueo: también estuvo a punto de arruinarlo, porque éste decidió dar la mitad de su fortuna a los pobres y devolver a quien hubiese cobrado comisiones injustas, el valor de las mismas multiplicado por 4.
Los fariseos en tiempos de Cristo, eran unos estrictos cumplidores de la ley Judía, sin dejarse ni un solo precepto, ni una sola ablución de manos. Se puede decir que eran unos maestros de religión para el pueblo y sobre todo, encargados de la la población la cumpla; por eso, en varias ocasiones le recriminan a Cristo y a sus discípulos de su incumplimiento. Los fariseos estaban tan seguros de si mismos que eran incapaces de ver sus propios pecados, porque se consideraban perfectos a los ojos de Dios. Por considerarse perfectos no fueron capaces de ver a Dios, lo tenían delante, en carne y hueso. No solo no pudieron verlo, sino que desearon matarlo, cuando resucitó a Lázaro, pidieron su muerte a Pilato el día de Viernes Santo, y estando en la cruz lo aborrecieron hasta la saciedad. Matar a Dios por querer ser buenos hombres de Dios.
A lo largo de la historia, la Iglesia Católica también cayo en el error del fariseísmo, de perjudicar a los hermanos pequeños de Jesús, hasta de matarlos, por fidelidad a la doctrina cristiana. "Cuantas veces hicisteis esto con mis hermanos, conmigo lo hicisteis". Aunque tarde, el Papa San Juan Pablo II reconoció estos abusos y delitos en el año 2000, pidiendo publico perdón a todo el mundo.
Por querer ser fiel a la doctrina cristiana se ha matado a Dios, pero también se da el caso de matar la doctrina de Dios por querer ser buen cristiano, por tener el amor al prójimo que Cristo insiste en el Evangelio. Retorcer la doctrina cristiana por adaptarla a las ideologías de hoy día o silenciar algunas cosas es una forma de matar la doctrina y de matar a Dios. San Jerónimo, en el siglo VII tradujo la Biblia al latín ,que se llamo la Vulgata, porque era la lengua del vulgo o pueblo. San Jerónimo decía que quien no conoce la Escritura no conoce a Cristo. Quien no conoce lo que el Antiguo y Nuevo Testamento dicen de Cristo, no conocen su verdadera misión y el objetivo de que Dios se hiciese hombre. El cristianismo progresista tiene muy buenas intenciones, porque busca el amor al prójimo, exigiendo justicia social y que no haya ningún tipo de discriminación. Sin embargo, muchas veces se olvida el verdadero objetivo de Cristo y su Iglesia, que no es otro que ser Cordero de Dios para que con su sacrificio se perdonen los pecados de los hombres. Se olvida y se retuerce la doctrina, llegando a decir barbaridades como que Cristo fue un revolucionario social. Hay que comprometerse con el prójimo, pero sin matar la doctrina de Cristo; muchos teólogos deberían darse cuenta de ello.




