miércoles, 28 de octubre de 2015

Sembrar en la vida




     Una persona que cumpla con sus obligaciones (laborales, ciudadanas, familiares, etc) y al mismo tiempo exija los derechos que le corresponden por los mismos motivos, lo vemos algo normal y muy razonable, incluso ésta persona es considerada un ejemplo para todos  para la sociedad, una persona como hay que ser; de hecho, nuestra sociedad nos enseña precisamente eso, cumplir nuestras obligaciones y exigir nuestros derechos, para ser hombres de provecho y para que no se aprovechen de nosotros. Ahora bien, ¿Qué ocurre si vamos por la vida únicamente exigiendo derechos y cumpliendo nuestras obligaciones “legales”?  Las obligaciones legales son aquellas que se nos exige por ley, por un contrato laboral, por un matrimonio, por ser propietario de un coche o vivienda, por tener una ciudadanía, por una póliza de seguro. Pues lo que ocurre es que se puede ser un perfecto ciudadano y ser un perfecto egoísta, porque la generosidad y solidaridad no están reguladas por ley, no es obligatorio ser solidario con los necesitados. En el Evangelio tenemos el ejemplo del pobre Lázaro a la puerta de la casa de un rico; aquel rico, seguro que era un buen ciudadano,  seguro que no cometió ningún delito, pero era un egoísta como nadie, y por eso fue al infierno según el relato evangélico.
    ¿Qué merito tiene un fontanero en hacer su trabajo, un propietario en pagar sus impuestos, una persona en tener un comportamiento cívico? En caso contrario se nos despedirá  de nuestro trabajo, se nos embargarán nuestros bienes ó seremos demandados ante las autoridades. El mérito está en hacer aquello a lo cual no estamos obligados legalmente, en aportar un extra a nuestra sociedad, ese extra que tapa huecos, que ilumina sombras presentes en nuestro mundo y que la administración legal de nuestro país u otros, no llega a cubrir ó resolver.
      Pensemos en la Madre Teresa y sus misioneras de la Caridad; la ley no las obliga a trabajar para los pobres, ni a ser religiosas y sin embargo, su trabajo es muy necesario para el mundo en que vivimos. Estas misioneras siembran amor y recogen amor y solidaridad, que se materializa en vocaciones a la institución, incremento del nº de colaboradores, expansión de la obra y reconocimiento internacional.
      Si solo se hace aquello a lo que estamos obligados legalmente, entonces no estamos aportando nada nuevo a nuestra sociedad, no estamos sembrando nada, somos unos simples comerciales y nuestra vida es estéril. Hay que tener en cuenta que nuestro mundo es como un campo de cultivo, que si no se cultiva y siembra, resulta invadido por toda suerte de malas hierbas, volviéndose una selva impenetrable.
    Hemos dicho que hacer solamente aquello a lo que estamos obligados no tiene mérito alguno, por ser obligatorio, sin embargo no es justo hablar en estos términos porque estamos olvidando algo muy esencial; en la vida no solo importa lo que se hace sino el como se hace, la intención que se pone en ello; un mismo trabajo se puede hacer de mala gana, sin pena ni gloria y con amor y buen humor. En éste aspecto, la madre Teresa de Calcuta, daba más importancia al amor puesto en las obras de caridad que la propia obra en si. Sta Teresa de Jesús hablaba de que al atardecer de la vida se nos examinaría en el amor, San Josemaría Escrivá va más lejos, al decir que a través del trabajo ordinario (obligaciones habituales de cada uno) se puede ser santo, porque el amor y la intención puesto en ello es lo que de verdad importa; ésta és nuestra aportación más importante a la sociedad en que vivimos, a nuestra vida como personas y nuestra mejor siembra





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