Una persona
que cumpla con sus obligaciones (laborales, ciudadanas, familiares, etc) y al
mismo tiempo exija los derechos que le corresponden por los mismos motivos, lo
vemos algo normal y muy razonable, incluso ésta persona es considerada un
ejemplo para todos para la sociedad, una
persona como hay que ser; de hecho, nuestra sociedad nos enseña precisamente
eso, cumplir nuestras obligaciones y exigir nuestros derechos, para ser hombres
de provecho y para que no se aprovechen de nosotros. Ahora bien, ¿Qué ocurre si
vamos por la vida únicamente exigiendo derechos y cumpliendo nuestras
obligaciones “legales”? Las obligaciones
legales son aquellas que se nos exige por ley, por un contrato laboral, por un
matrimonio, por ser propietario de un coche o vivienda, por tener una
ciudadanía, por una póliza de seguro. Pues lo que ocurre es que se puede ser un
perfecto ciudadano y ser un perfecto egoísta, porque la generosidad y
solidaridad no están reguladas por ley, no es obligatorio ser solidario con los
necesitados. En el Evangelio tenemos el ejemplo del pobre Lázaro a la puerta de
la casa de un rico; aquel rico, seguro que era un buen ciudadano, seguro que no cometió ningún delito, pero era
un egoísta como nadie, y por eso fue al infierno según el relato evangélico.
¿Qué merito
tiene un fontanero en hacer su trabajo, un propietario en pagar sus impuestos,
una persona en tener un comportamiento cívico? En caso contrario se nos
despedirá de nuestro trabajo, se nos
embargarán nuestros bienes ó seremos demandados ante las autoridades. El mérito
está en hacer aquello a lo cual no estamos obligados legalmente, en aportar un
extra a nuestra sociedad, ese extra que tapa huecos, que ilumina sombras
presentes en nuestro mundo y que la administración legal de nuestro país u
otros, no llega a cubrir ó resolver.
Pensemos en
la Madre Teresa y sus misioneras de la Caridad; la ley no las obliga a trabajar
para los pobres, ni a ser religiosas y sin embargo, su trabajo es muy necesario
para el mundo en que vivimos. Estas misioneras siembran amor y recogen amor y
solidaridad, que se materializa en vocaciones a la institución, incremento del
nº de colaboradores, expansión de la obra y reconocimiento internacional.
Si solo se
hace aquello a lo que estamos obligados legalmente, entonces no estamos
aportando nada nuevo a nuestra sociedad, no estamos sembrando nada, somos unos
simples comerciales y nuestra vida es estéril. Hay que tener en cuenta que
nuestro mundo es como un campo de cultivo, que si no se cultiva y siembra,
resulta invadido por toda suerte de malas hierbas, volviéndose una selva
impenetrable.
Hemos dicho
que hacer solamente aquello a lo que estamos obligados no tiene mérito alguno,
por ser obligatorio, sin embargo no es justo hablar en estos términos porque
estamos olvidando algo muy esencial; en la vida no solo importa lo que se hace
sino el como se hace, la intención que se pone en ello; un mismo trabajo se
puede hacer de mala gana, sin pena ni gloria y con amor y buen humor. En éste
aspecto, la madre Teresa de Calcuta, daba más importancia al amor puesto en las
obras de caridad que la propia obra en si. Sta Teresa de Jesús hablaba de que
al atardecer de la vida se nos examinaría en el amor, San Josemaría Escrivá va
más lejos, al decir que a través del trabajo ordinario (obligaciones habituales
de cada uno) se puede ser santo, porque el amor y la intención puesto en ello es lo que de verdad importa; ésta és nuestra aportación más importante a la
sociedad en que vivimos, a nuestra vida como personas y nuestra mejor siembra

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