San José es con toda
seguridad, el santo más importante-después de la Virgen María-y del que menos
conocemos su vida. El Evangelio menciona muy poco de él, aunque suficiente para
saber el tipo de hombre que era. No nos queda más remedio que imaginarnos su
vida y su persona. Tampoco le favorece la iconografía tradicional católica, que
le ha representado como un hombre mayor con cayado floreteado, ni los
apelativos que se le han dado: padre nutricio ó putativo.
Pensemos que San José
era un hombre normal y corriente. ¿Cómo habría reaccionado ante el embarazo
inesperado de María? - ¡No me digas que esto te lo ha dicho un ángel,
explícaselo a los ancianos de la sinagoga, y ya sabes el castigo para las
adulteras! ¡Dios mío! Ese hombre
no sería S. José, sería un miserable. Y sin embargo estaría actuando como un
hombre justo de su época, después de todo, a las adulteras había que
apedrearlas. Pero José no era así- afortunadamente- y antes de que se inventase
Amnistía Internacional, ya se daba cuenta que esos castigos eran una barbaridad,
por eso no quiso denunciar a María.
José era un hombre
justo, nos dice el evangelio. Aquí el termino justo no se refiere a un hombre
que actúa con equidad, dando a cada uno lo suyo. Se trata de un hombre que vive
de acuerdo a las enseñanzas de las escrituras y de Dios, o sea, un hombre
santo. Así nos lo relata Benedicto XVI en su libro La infancia de Jesús. José
era un hombre santo, y no podía ser de otra manera, pues como iba a entender ,y
sobre todo aceptar, todo lo que le ocurría. ¿Sera cierto lo que me dice María?
¿Qué sueño tan raro he tenido? No entiendo nada pero lo voy a aceptar porque
creo que Dios está detrás de todo esto. Y así empezó su vida
con la Virgen y más tarde con el niño Jesús. José tuvo que cuidar de los dos,
trabajar, sufrir y entender las cosas poco a poco. José no era un hombre mayor
de cayado floreteado, era un trabajador, un currante. Tenía que buscar trabajo,
casa, pagar renta, a veces no llegar a fin de mes y la Virgen le consolaba.
Tuvo que exiliarse a Egipto, como un vulgar refugiado.
San José trabajaba en
el taller de su casa y la Virgen y Jesús le acompañaban. Había tanto amor en
aquella familia. Mas tarde Jesús y José trabajaban juntos, hasta quedar Cristo
como único carpintero del taller. Te he querido como a mi propio hijo, le dijo
a Jesús antes de morir.
Que difícil es ser como
S. José y sin embargo es la persona que todos desearíamos tener como padre,
amigo, compañero de trabajo, vecino. Es el autentico modelo de sacerdote, padre de familia, de todo.
San José, esposo de la
Virgen, custodio del Señor. Ruega por nosotros.

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