domingo, 3 de noviembre de 2013

Aprovechar el tiempo



 
 


         En el Evangelio se nos presenta la parábola de los obreros y la viña, en la que un propietario contrata a varios trabajadores para la cosecha de su viña. Unos operarios comienzan al principio del día, otros a media mañana, otros por la tarde y algunos cuando solo falta una hora para terminar la jornada laboral. Terminado el trabajo, el dueño de la viña les paga lo mismo a todos, independientemente de las horas que han estado trabajando cada uno. La parábola nos enseña que el dueño de la viña – Dios – nos da la misma paga a todos los hombres – el cielo – sin importarle si hemos trabajado más ó menos en la viña – nuestra vida – siempre que lo hayamos hecho de corazón.  Aquí no importa si una persona solo es buen cristiano y obra el bien al final de su vida, lo que importa es que lo haga, y eso es lo que Dios premia realmente.
      Esta claro que Dios es misericordioso, pero por otra parte, hay que ser justos y realistas. Hay unos operarios que han trabajado más que otros y eso hay que tenerlo en cuenta. No se puede dejar para última hora el ser un hombre de bien o un buen cristiano, aunque se nos de el cielo, y toda nuestra vida anterior,  ¿Qué pasa con  ella?  Existe una expresión que dice: “éste hombre más vale que se vaya a su casa a rezar el Rosario”, que quiere decir que,  como ya ésta acabado, que se prepare rezando para tener una buena muerte. Existen otras expresiones que dicen “Esta vida son dos días” y “Solo se vive una vez”, para darnos a entender que la vida hay que aprovecharla para uno mismo,  de forma materialista y placentera y sin preocuparse por los demás; y cuando se nos acaba la vida, como ya no podemos disfrutar de ella como antes, hay que irse a casa a rezar el rosario.
       Si todos los trabajadores de la viña hubiesen ido a ultima hora, la mayor parte de la uva se habría quedado sin recoger y el vino sin hacer, aunque el señor de la viña les habría pagado lo mismo. Si todos en la vida, solo nos preocupamos por ser buenos al final de la vida, hay mucho bien que se queda sin hacer y mucha felicidad que se queda sin producir.
      No podemos dejar pasar nuestra vida sin aprovecharla, para obrar el bien ó ejercer un mínimo de solidaridad con el prójimo, en la medida de nuestras posibilidades. La vida son dos días, ciertamente. Hay que aprovechar el tiempo, porque no sabemos lo que nos va a durar,  y además se pasa rápido. ” Al final de nuestra vida se nos examinará en el amor”, que decía Santa Teresa de Jesús, por tanto, no vayamos a ese examen con lo mínimo.



                                       

domingo, 20 de octubre de 2013

El rico y el pobre Lazaro





       En el Evangelio se nos presenta la parábola del rico y el pobre lázaro. En ella hay un hombre muy rico, que vive disolutamente disfrutando de su enorme riqueza,  fiesta tras fiesta, banquete tras banquete y derroche a todo lujo. Junto a su casa hay un pobre hombre, pidiendo limosna, muerto de hambre, enfermo y abandonado de todos. Los dos hombres fallecen un  día y el pobre es llevado al cielo y el rico al infierno, sin dar mas explicaciones de porque este destino de cada uno. Pero es que no hace falta dar explicaciones;  a todos nos parece justo que el pobre vaya al cielo, por haber sufrido tanto en la vida, y el rico vaya al infierno, por ser un egoísta miserable.
     Si analizamos un poco la parábola podemos ver  que, el rico, en realidad no había cometido ningún delito, tan solo disfrutaba de su riqueza ganada legalmente – porque el Evangelio no habla si la consiguió de una u otra manera-. El rico tendría sus tierras ó negocios, pagaría sus impuestos, sería un ciudadano honrado.  El rico no tenía obligación legal de socorrer pobres, tampoco había hecho daño a nadie, no había enviado a unos matones para dar una paliza al pobre Lázaro, por estar a la puerta de su casa. El rico no había hecho nada legalmente malo ó delictivo, pero fue al infierno de cabeza.
La imagen de un rico derrochando su riqueza  con un pobre a su puerta no es exclusiva de una parábola que Cristo empleó para predicar. Hay personas de mucho poder económico  que organizan fiestas con botellas de champan de 6oo euros y cuantos millones de seres humanos hay en el mundo pasando hambre.  Da igual que unos estén en Marbella y otros en Somalia, vivimos en un mundo globalizado por la economía y el internet y, al final, todos somos vecinos y conocemos nuestras necesidades. Estos  multimillonarios tampoco  cometen ningún delito por disfrutar fastuosamente de su riqueza, seguramente pagan sus impuestos y cumplen con sus obligaciones como ciudadanos, pero al final, la situación es la misma que la de la parábola del Evangelio. Pero no son solo los multimillonarios los que se olvidan del pobre y excluido de la sociedad, también la clase media y los menos pudientes se olvidan del pobre, y aunque tienen menos dinero,  también lo malgastan, aunque sea en menor cuantía. Todos queremos disfrutar de la vida y para ello gastamos el dinero que podamos y cuanto más mejor, solo se vive una vez, comamos y bebamos que mañana moriremos, decían los antiguos paganos, y por hacer esto no estamos cometiendo ningún delito, es nuestro dinero después de todo.
      El problema viene por que identificamos ser buena persona con cumplir la legalidad y el ordenamiento jurídico vigente y no es así. Yo soy buena persona, soy honrado, trabajador y no hago daño a nadie, pues no es suficiente.  Hay que preguntarse si somos solidarios con el prójimo, si obramos el bien, si somos personas ejemplares. Cuando acabe nuestra vida se nos va a preguntar si hemos dado de comer al hambriento, vestido al desnudo, visitado al enfermo, consolado al triste y, en resumen, amado al prójimo. Al rico del  Evangelio  le hicieron ésta pregunta y no la pudo contestar afirmativamente.