¿Cuántas personas hay en nuestra
sociedad que ya no pueden o no quieren vivir porque la vida se les hace
imposible ó una tortura? Se trata de personas en situación de minusvalía,
enfermedad o abatimiento anímico, que ven que su vida no tiene sentido y acabar
con ella es una liberación. Pues para ésta gente está el grito de “tengo que
vivir”. En efecto, una persona tiene que vivir por 2 motivos: el 1º es porque
nadie esta muerto hasta que no esta enterrado, y el 2ª es porque si no se lucha
por vivir es cuando se muere de verdad, acosados por todas las dificultades.
Hay que preguntarse en que
consiste vivir; porque no se trata solamente de vivir físicamente por parte de
un organismo vivo. Comer, beber, trabajar, ir al baño, ver futbol o telebasura,
pasear y dormir no es vivir, eso ya lo hacen los animales en el zoo o los
borregos en el establo. Vivir es hacerlo en todos los niveles de la persona
humana: físico, cultural, espiritual, llevar a cabo unos objetivos, desarrollar
unos valores humanos y virtudes y sobre todo, vivir con el corazón. Hay
personas que estando completamente sanas física y emocionalmente, se puede
decir que están muertas, viven solo para si mismas, sin aportar nada a la
sociedad en la que viven o al prójimo al que les rodea; por el contrario, gente
con situación de enfermedad o impedimento grave son un portento de vida, y un
ejemplo para todos. Cuantos testimonios tenemos de deportistas y artistas
minusválidos, de personas que sobrellevan una enfermedad, de quienes superan
una desgracia de perdida de seres queridos, y aun así son capaces de mirar a la
vida con optimismo.
No es fácil vivir cuando tenemos
una dificultad grave que parece imposible superarla, y es comprensible desear
la muerte. En la película “Mar Adentro” se relata la vida de un tetrapléjico
que se suicidó bebiendo cianuro, por no poder soportar su vida; para ello contó
con la ayuda de una persona que le colocó el veneno en la mesilla junto a su
cama, en un vaso con una pajita para poder tomarlo. Aquel hombre estaba en su
derecho a suicidarse, no se trata de juzgar la moralidad de su acción, sino de
ver que eligió morir en vez de vivir; también es triste la persona que le
prestó colaboración en su suicidio, porque le ayudó a morir, cuando le debería
haber ayudado a vivir. Por el contrario tenemos el actor Cristopher Reeve, que
en la pantalla era Superman, desviaba un misil y evitaba que un autobús de
escolares se cayese al rio, pero en la vida real era un tetrapléjico
crucificado a una silla de ruedas. Aquel hombre quería vivir, creó una
fundación para el estudio de la curación de su minusvalía.
No es fácil vivir cuando todo
está en contra nuestra, pero es cuando más hay que gritar tengo que vivir. Los
afortunados que podemos vivir no podemos dejar que nuestra vida sea una línea
horizontal, como las maquinas que, en los hospitales, señalan las constantes
vitales del enfermo, porque entonces estamos al borde de la muerte como
personas y también tenemos que gritar tengo que vivir, pero además de vivir
tenemos que ayudar a otros a vivir.






