domingo, 13 de marzo de 2016

Tengo que vivir



      ¿Cuántas personas hay en nuestra sociedad que ya no pueden o no quieren vivir porque la vida se les hace imposible ó una tortura? Se trata de personas en situación de minusvalía, enfermedad o abatimiento anímico, que ven que su vida no tiene sentido y acabar con ella es una liberación. Pues para ésta gente está el grito de “tengo que vivir”. En efecto, una persona tiene que vivir por 2 motivos: el 1º es porque nadie esta muerto hasta que no esta enterrado, y el 2ª es porque si no se lucha por vivir es cuando se muere de verdad, acosados por todas las dificultades.
     Hay que preguntarse en que consiste vivir; porque no se trata solamente de vivir físicamente por parte de un organismo vivo. Comer, beber, trabajar, ir al baño, ver futbol o telebasura, pasear y dormir no es vivir, eso ya lo hacen los animales en el zoo o los borregos en el establo. Vivir es hacerlo en todos los niveles de la persona humana: físico, cultural, espiritual, llevar a cabo unos objetivos, desarrollar unos valores humanos y virtudes y sobre todo, vivir con el corazón. Hay personas que estando completamente sanas física y emocionalmente, se puede decir que están muertas, viven solo para si mismas, sin aportar nada a la sociedad en la que viven o al prójimo al que les rodea; por el contrario, gente con situación de enfermedad o impedimento grave son un portento de vida, y un ejemplo para todos. Cuantos testimonios tenemos de deportistas y artistas minusválidos, de personas que sobrellevan una enfermedad, de quienes superan una desgracia de perdida de seres queridos, y aun así son capaces de mirar a la vida con optimismo.
   No es fácil vivir cuando tenemos una dificultad grave que parece imposible superarla, y es comprensible desear la muerte. En la película “Mar Adentro” se relata la vida de un tetrapléjico que se suicidó bebiendo cianuro, por no poder soportar su vida; para ello contó con la ayuda de una persona que le colocó el veneno en la mesilla junto a su cama, en un vaso con una pajita para poder tomarlo. Aquel hombre estaba en su derecho a suicidarse, no se trata de juzgar la moralidad de su acción, sino de ver que eligió morir en vez de vivir; también es triste la persona que le prestó colaboración en su suicidio, porque le ayudó a morir, cuando le debería haber ayudado a vivir. Por el contrario tenemos el actor Cristopher Reeve, que en la pantalla era Superman, desviaba un misil y evitaba que un autobús de escolares se cayese al rio, pero en la vida real era un tetrapléjico crucificado a una silla de ruedas. Aquel hombre quería vivir, creó una fundación para el estudio de la curación de su minusvalía.
     No es fácil vivir cuando todo está en contra nuestra, pero es cuando más hay que gritar tengo que vivir. Los afortunados que podemos vivir no podemos dejar que nuestra vida sea una línea horizontal, como las maquinas que, en los hospitales, señalan las constantes vitales del enfermo, porque entonces estamos al borde de la muerte como personas y también tenemos que gritar tengo que vivir, pero además de vivir tenemos que ayudar a otros a vivir.









viernes, 4 de marzo de 2016

El dolor



        El dolor se define como  una experiencia sensorial desagradable, es una sensación más ó menos intensa que se siente en una parte del cuerpo, resultado de la excitación de las terminaciones nerviosas sensitivas. También es dolor el sentimiento de pena ó tristeza que se experimenta por motivos anímicos.
    Las personas, por el hecho de ser seres humanos corporales, estamos sujetos al dolor, la enfermedad y la muerte. Son realidades que pertenecen a nuestra naturaleza y son inevitables. Antiguamente el dolor y la enfermedad eran más fuertes e intensos en la vida del hombre, acentuados por las duras condiciones de vida. La sanidad era pésima o no existía, las enfermedades se curaban solas o la cura era la muerte y muchas veces, el remedio de los médicos lo que hacía era empeorar al enfermo. Los hospitales, cuando los había eran un lugar para albergar a los enfermos hasta que se morían o curaban por si solos. El estudio de la anatomía humana, el descubrimiento de las vacunas y más tarde de los antibióticos (Dr Fleming), supusieron un importante avance de la medicina y  la curación de muchas enfermedades hasta entonces incurables. El progreso técnico ha permitido mejorar las condiciones de vida en nuestra sociedad y aumentar la esperanza de vida. Actualmente, salvo algunas enfermedades como el cáncer y otras consideradas raras, la mayoría tienen tratamiento y curación; la medicina trata y opera casi todas las lesiones corporales y para el dolor físico están los analgésicos. Para el dolor de pena y tristeza –dolor no físico- existe la asistencia psicológica con multitud de terapias.
     El dolor y la enfermedad se pueden tratar y curar pero siempre van a estar en nosotros, porque forman parte de nuestra naturaleza, pero parece que nuestra sociedad vive de espaldas a ésta realidad. El dolor es considerado algo malo y hay que apartarlo de nuestra vida, con analgésicos o encerrándolo en un hospital. El dolor y el sufrimiento son igual de naturales que el gozo y el placer, aunque sean contrarios. La sociedad solo quiere ver cuerpos bonitos y jóvenes, son los iconos de nuestro mundo, a ellos se dirige toda la publicidad comercial y con los demás cuerpos practica la cultura del descarte (enfermos y ancianos), pero  olvida que esos cuerpos bonitos también se marchitan, como las rosas y también sufren dolor. Entendemos el dolor como una desgracia, pero es algo que le sucede a todo el mundo y no por ello va a ser desgraciado, aunque si que hay que sobrellevarlo.
      El dolor siempre va a estar entre nosotros, por muchos analgésicos que tomemos ó por mucho que progrese la sanidad;  se puede aliviar sus síntomas pero nunca desaparecerá. Hay algo que si se puede hacer y es vencer el dolor, eclipsarlo, taparlo con algo más fuerte que es la alegría. Aunque no lo parezca todos tenemos alegría, en mayor o menor medida y podemos ayudar a otros a encender esa alegría, esa alegría y esa risa que le gana el pulso al dolor.


                                       

                                     

viernes, 26 de febrero de 2016

El inmigrante






    La inmigración es un drama humano en nuestros días, y estamos acostumbrados a ver en los informativos gente que quiere entrar de forma ilegal en la Unión Europea o EEUU, huyendo de la miseria de sus países de origen y buscando mejores condiciones de vida. Estas personas se encuentran en su camino con una enorme verja o un mar, que, en ocasiones, se cobra sus vidas.
      Existe un inmigrante muy especial, es alguien que, a toda costa, quiere entrar, no precisamente en un país, sino en el corazón del hombre, y trata de hacerlo burlando la vigilancia de la policía ó a través de un mar embravecido. Este inmigrante no es otro que el mismo Dios, que quiere entrar en las personas sin ser invitado y de muy diversas maneras, como buenos deseos,  intenciones de arrepentimiento, ganas de cambiar de vida, toques de generosidad, etc. Dios quiere entrar en nuestro corazón, pero no queremos, porque supone una amenaza para nuestro egoísmo,  comodidad y nuestro yo, al igual que los inmigrantes son una amenaza para nuestra Seguridad Social y estado del bienestar. Por ello cercamos nuestro corazón con una enorme verja, como la de Ceuta y cuando sentimos que va a entrar, cuando sentimos un arrebato de solidaridad, lo “devolvemos en caliente” a la policía del otro lado, para que no nos impida ocuparnos de nuestra vida. A veces consigue entrar, entonces le llevamos a un centro de internamiento de inmigrantes en un rincón de nuestro corazón, porque nos parece un deseo bueno, pero será para otra ocasión, que quizá no llegue nunca. Algún inmigrante consigue escapar de la policía y acaba vagando por el país viviendo como puede, sufriendo soledad y explotación, Dios termina de ilegal en nuestro corazón sin recibir otra cosa que nuestra indiferencia; tenemos esos buenos deseos de generosidad pero no los hacemos nuestros, no se llevan a cabo, por eso están de ilegales, dentro de un corazón cerrado por una verja o encerrado en una jaula.
      La inmigración como drama humano es un problema de muy difícil solución. No se puede abrir la puerta  de par en par porque no es posible, materialmente,  recibir a todo el mundo y el problema social es enorme, pero hay que hacer algo por ésta pobre gente. La solución es muy difícil o quizá no, no se puede abrir la verja de Ceuta ó Lampedusa, pero si se puede abrir el corazón de las personas y los gobernantes de los países desarrollados, dejar que entre el inmigrante de la solidaridad, aunque sea en avalancha. Si existe la pobreza y el subdesarrollo en muchos países es porque hay intereses políticos y económicos asociados a la corrupción local, que no son más que corazones desalmados encerrados por una triple verja. En los añor 90 se hizo en España campaña para destinar el 0,7% del PIB a cooperación al desarrollo, no se perdería mucho si se destinase el 1%. Estos fondos se pueden destinar a un gran número de ONGs de reconocida labor solidaria (Manos Unidas, Combonianos, Oxfam, Medicos sin fronteras, save the children, etc) para su aplicación en los países de donde procede la inmigración, con auditorías de garantía, nunca hacerlo con los gobiernos locales, que están plagados de corrupción. Estas instituciones llevan muchos años trabajando para llevar educación y desarrollo a los llamados países del 3º mundo; estas instituciones llevan muchos años abriendo corazones y sacudiendo conciencias.
     Cuando el corazón del hombre está cerrado, en el exterior hay que colocar cerrojos, verjas, policía, fronteras y fuerzas armadas; pueden contener la inmigración ilegal, no siempre, pero no resuelven el verdadero problema, que no es otro que el sufrimiento de la gente dentro y fuera de nuestras fronteras por no tener lo básico para vivir. En cada hombre que quiere atravesar una alambrada o mar en patera está ese inmigrante, que quiere entrar en el corazón de la gente. No es fácil resolver el problema de la pobreza y la inmigración, pero si se pueden aportar muchos granos de arena o de trigo que al final hacen un inmenso granero. 




                                      

domingo, 14 de febrero de 2016

Agua viva




      En el Evangelio se narra el encuentro de Cristo con la samaritana, en el que Jesús le dice a la mujer que el tiene un agua que, quien la beba, no tendrá más sed; la samaritana se lo toma a broma y le pide ese agua para no tener que ir todos los días al pozo; Cristo le demuestra que habla en serio diciéndole a la mujer que vive con un hombre que no es su marido; la samaritana se sorprende y a partir de ahí se inicia una conversación que termina con una predicación de Cristo en el pueblo de la mujer. Al margen del relato evangélico, lo que interesa saber es que es ese agua que quita la sed ó agua viva ¿es una palabra bonita para la devoción religiosa ó es algo verdadero para cambiar a las personas?
       Lo 1º que hay que tener en cuenta es que éste agua viva no sirve para quitar la sed material, entonces ¿para que sirve?, pues para quitar la sed no material, que si que tiene el hombre, aunque no lo vea. ¿Cuál es la sed no material? Pues aquella que brota del propio corazón del hombre, esto se entiende con un sencillo ejemplo: Necesitamos un coche (sed material) un utilitario de 90 cv es suficiente para nuestras necesidades, pero queremos uno que tenga 160 cv, que sea grande y con un montón de extras (sed no material) para poder ostentar y satisfacernos a nosotros mismos. Necesitamos una vivienda, pero queremos un chalet de lujo; necesitamos un empleo, pero de encargado y no de operario; necesitamos vestido, pero que sea 1º marca; necesitamos esposa y marido, pero que sean ricos y guapos. Nunca vamos a estar satisfechos con lo que tenemos, siempre queremos más, porque nuestro corazón tiene sed, sed de amar y ser amado y si no encuentra amor, lo busca en las cosas materiales para quererse a si mismo, busca quererse a si mismo en los caballos de un coche, en unas vacaciones de un crucero, en una casa muy bonita. Quererse a si mismo no es otra cosa que simple egoísmo, y el corazón del hombre está hecho para querer a los demás, está hecho para amar hacia fuera, no hacia dentro y como no puede amar hacia dentro, por muchas cosas bonitas que tenga el hombre, siempre va a querer más, intentando calmar una sed que así no se puede calmar.
      Para calmar la sed del corazón se nos ofrece el agua viva, pero ¿es una droga ó anestesia para olvidar nuestra insatisfacción y volvernos conformistas? De ninguna manera; esta agua apaga un fuego de amargor y egoísmo, pero hace germinar y crecer un árbol de alegría y generosidad, por eso es agua viva. La persona que bebe éste agua, dejar de querer hacia dentro (quererse a uno mismo) para querer hacia fuera y ahora va a tener otra sed, la de darse a los demás, la de querer cambiar el mundo, haciéndolo más humano y hermoso, desde sus posibilidades, aunque solo sea barrer su propia acera.
      Y ¿De qué se compone el agua viva? El agua mineral, dependiendo del manantial del que procede, contiene unas sales minerales y unos micro elementos químicos, pudiendo ser agua medicinal. El agua viva tiene en su composición obras de misericordia o de solidaridad, así como virtudes y bienaventuranzas con un toque de amor de Dios; beberla supone cambiar de vida, pues, de lo contrario no se ha bebido, como esas personas que, en un banquete, para evitar emborracharse, arrojan el contenido de la copa a una maceta, cuando no les ven. Beber agua viva  es ser coherente, escuchar la palabra y ponerla en práctica.  


                               
                                  
                                    







jueves, 21 de enero de 2016

La farola

                          
                             

   Al encender una farola ó una lámpara, se alumbra una superficie que depende de la potencia de la bombilla utilizada y de la posición y orientación del objeto luminoso. Una farola alumbra toda la superficie para la cual se ha colocado en su lugar, sin embargo ¿Qué ocurre si el foco luminoso tiene alguna mancha? Obviamente la luz choca contra esas manchas y produce sombras sobre la superficie a iluminar, habiendo trozos de la calle o de la plaza que se queden oscurecidos, o bien la habitación tendrá una luz débil por que la lámpara del techo tiene una gruesa capa de polvo. Si a una lámpara le ponemos una bombilla tintada de rojo o azul, nos va a dar una luz rojiza o azulada, que, por supuesto, no alumbra igual que una bombilla limpia y trasparente.
    Igual que una farola es el corazón de una persona. La lámpara está hecha para iluminar y el corazón está hecho para querer, pero ambos tienen en común que suelen ensuciar. Cuando el corazón se ensucia también se forman sombras que dejan superficies sin amar; “a éstos si los quiero y a los otros fuera de mi vista”, es lo que dice un corazón que no está limpio. El corazón puede estar parcialmente sucio o cubierto por una espesa capa de alquitrán, en cuyo caso es un completo egoísta, porque tiene un aislante y una opacidad que le separa e impide querer a nadie. También se puede estar tintado como las bombillas de colores y dar un amor interesado o envenenado y ser un perfecto malvado que emite radiaciones ultravioletas (odio), letales para la vida.
      Hay casas que llevan tiempo cerradas, cuyas lámparas tienen una gruesa capa de polvo, o están cubiertas por una tela, igual que el resto de los muebles. Hay corazones que llevan mucho tiempo encerrados en si mismos, sin querer a nadie. ¿Como se limpia un corazón? Pues igual que una lámpara, pasandole un paño. En el caso del corazón ésta limpieza se denomina arrepentimiento, es un acto personal de rechazo a todas las faltas y pecados propios, a todo el polvo que se nos acumula encima, al igual que se acumula en lamparas y muebles.
     Una bombilla limpia da luz para toda la sala, un corazón limpio quiere a todo el mundo. Cierto es que no se ama a todos de la misma manera,  porque no es lo mismo esposa, hijos, amigos, vecinos, etc, pero lo cierto es que un corazón limpio, tiene amor para todos, como la bombilla.




lunes, 2 de noviembre de 2015

Llegó la Navidad




   Ya está aquí la Navidad, solemos decir cuando vemos que los comercios tienen los adornos navideños y en las calles ponen las luces de navidad, casi siempre a finales de Noviembre. Y realmente es que la Navidad se nos viene encima como una campaña comercial y social más, con sus , festivales del colegio, compras de comida, regalos y adornos y cenas de empresa y a veces, temidas cenas de nochebuena, con padres, suegros sobrinos y cuñados. La Navidad se convierte en una situación agobiante, que al terminar es un alivio. Vistas así las cosas, es normal que haya gente que no quiera celebrar la navidad ó simplemente la odie.
   Hay que preguntarse que es la Navidad. Navidad deriva de Natividad, es decir nacimiento, el nacimiento de Cristo, que es el verdadero origen de ésta fiesta. En la Navidad original, tan solo había un portal de Belén; era un Belén viviente con sus personajes auténticos, pero sin luces en las calles, ni campaña comercial de grandes almacenes. Durante el imperio romano, los cristianos comenzaron a celebrar el nacimiento de Cristo. San Francisco en la edad media, inició la tradición de representar el portal de Belén. Durante siglos la Navidad fue algo muy sencillo, hasta que llegó el siglo XX con su consumismo y el invento de Papa Noel (a partir de la tradición de S, Nicolás) y la Navidad se disparó por los aires. Actualmente ésta fiesta está envuelta en una muy espesa capa compuesta de espumillón, mazapanes, abetos, langostinos, jugetes, colonias, turrones, luces de colores, calzoncillos rojos, cartas a reyes magos, renos, muñecos de nieve de algodón, pavos, lechazos y cochinillos, sidra y champan, nieve artificial, ríos de papel aluminio, caminos de serrín, el caganer detrás de una mata y Herodes en lo alto del castillo. Todo esto es un envoltorio, pero no es la Navidad.
     Ciertamente es necesario un envoltorio, pues somos humanos y no concebimos la fiesta sin comer bien y regalarnos algo, pero la Navidad verdadera la tenemos que poner nosotros y no se puede comprar en ninguna tienda, es como la felicidad. Cuando hay personas que dicen que odian la Navidad ó no les gusta, es porque estas personas no la tienen en su vida. La Navidad hay que buscarla, como el que busca un regalo, porque se trata de dar algo a quien queremos y lo que nos mueve es el corazón. Pero ¿Cómo se busca? Pues no es fácil. Se dice normalmente que la Navidad es para los niños – como si no fuese para todos los demás- y es cierto, porque los niños ven lo bueno de la Navidad: los regalos, las vacaciones escolares, la visita a los abuelos, la casa adornada, la cena de nochebuena, las ferias, la cabalgata de Reyes y cuando acaba la Navidad se entristecen;  no ven todo el trabajo que hay en su celebración y el malestar que a veces se produce. Si somos capaces de ver la Navidad como un niño, entonces la habremos encontrado, no quiere decir que no veamos el coste y  trabajo de su celebración y hasta el sobrellevar a los familiares – que si que lo vemos – sino que tenemos el corazón ilusionado en la celebración, por encima de todo.
      La Navidad es la fiesta de la familia por excelencia, Dios quiso nacer en una familia. Es la familia reunida en torno a un pesebre y un árbol coronado por una estrella. Es la ocasión de limar asperezas y expresar nuestro afecto, con los regalos pero sobre todo con nuestra presencia. Las luces, los adornos, los villancicos, los regalos, todo ello es la expresión de un corazón que se hace un hueco en el portal de Belén ó en la rama más alta del árbol. La celebración comienza desde que sacamos el 1º adorno de la caja, hasta la cena de Nochebuena, pero se prolonga pasadas las fechas navideñas, porque ya estamos pensando en la próxima Navidad, porque Dios no nace solamente para unos pocos días, sino para todo el año.
      El día 24 de Diciembre tiene que ser el más bonito del año, la noche más esperada por todos, y más tarde, el día más recordado. Hay que dar un beso al niño Jesús a las 12 de la noche, cantar un villancico, abrir los regalos y hacer muchas fotos; y cuando haya terminado la cena,  los familiares se  hayan retirado, los platos estén en el lavavajillas, se apaguen las luces, los niños estén en la cama con su regalo, entonces hay que ponerse unos instantes junto al pesebre para decir “Gracias por ésta Navidad”



                                   

miércoles, 28 de octubre de 2015

Sembrar en la vida




     Una persona que cumpla con sus obligaciones (laborales, ciudadanas, familiares, etc) y al mismo tiempo exija los derechos que le corresponden por los mismos motivos, lo vemos algo normal y muy razonable, incluso ésta persona es considerada un ejemplo para todos  para la sociedad, una persona como hay que ser; de hecho, nuestra sociedad nos enseña precisamente eso, cumplir nuestras obligaciones y exigir nuestros derechos, para ser hombres de provecho y para que no se aprovechen de nosotros. Ahora bien, ¿Qué ocurre si vamos por la vida únicamente exigiendo derechos y cumpliendo nuestras obligaciones “legales”?  Las obligaciones legales son aquellas que se nos exige por ley, por un contrato laboral, por un matrimonio, por ser propietario de un coche o vivienda, por tener una ciudadanía, por una póliza de seguro. Pues lo que ocurre es que se puede ser un perfecto ciudadano y ser un perfecto egoísta, porque la generosidad y solidaridad no están reguladas por ley, no es obligatorio ser solidario con los necesitados. En el Evangelio tenemos el ejemplo del pobre Lázaro a la puerta de la casa de un rico; aquel rico, seguro que era un buen ciudadano,  seguro que no cometió ningún delito, pero era un egoísta como nadie, y por eso fue al infierno según el relato evangélico.
    ¿Qué merito tiene un fontanero en hacer su trabajo, un propietario en pagar sus impuestos, una persona en tener un comportamiento cívico? En caso contrario se nos despedirá  de nuestro trabajo, se nos embargarán nuestros bienes ó seremos demandados ante las autoridades. El mérito está en hacer aquello a lo cual no estamos obligados legalmente, en aportar un extra a nuestra sociedad, ese extra que tapa huecos, que ilumina sombras presentes en nuestro mundo y que la administración legal de nuestro país u otros, no llega a cubrir ó resolver.
      Pensemos en la Madre Teresa y sus misioneras de la Caridad; la ley no las obliga a trabajar para los pobres, ni a ser religiosas y sin embargo, su trabajo es muy necesario para el mundo en que vivimos. Estas misioneras siembran amor y recogen amor y solidaridad, que se materializa en vocaciones a la institución, incremento del nº de colaboradores, expansión de la obra y reconocimiento internacional.
      Si solo se hace aquello a lo que estamos obligados legalmente, entonces no estamos aportando nada nuevo a nuestra sociedad, no estamos sembrando nada, somos unos simples comerciales y nuestra vida es estéril. Hay que tener en cuenta que nuestro mundo es como un campo de cultivo, que si no se cultiva y siembra, resulta invadido por toda suerte de malas hierbas, volviéndose una selva impenetrable.
    Hemos dicho que hacer solamente aquello a lo que estamos obligados no tiene mérito alguno, por ser obligatorio, sin embargo no es justo hablar en estos términos porque estamos olvidando algo muy esencial; en la vida no solo importa lo que se hace sino el como se hace, la intención que se pone en ello; un mismo trabajo se puede hacer de mala gana, sin pena ni gloria y con amor y buen humor. En éste aspecto, la madre Teresa de Calcuta, daba más importancia al amor puesto en las obras de caridad que la propia obra en si. Sta Teresa de Jesús hablaba de que al atardecer de la vida se nos examinaría en el amor, San Josemaría Escrivá va más lejos, al decir que a través del trabajo ordinario (obligaciones habituales de cada uno) se puede ser santo, porque el amor y la intención puesto en ello es lo que de verdad importa; ésta és nuestra aportación más importante a la sociedad en que vivimos, a nuestra vida como personas y nuestra mejor siembra