"No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy" es una frase que nos dice que tenemos que ser en la vida, personas laboriosas y no holgazanes, personas que, al terminar la jornada, hemos hecho todo lo que teníamos que hacer, y nuestro descanso está justamente ganado.
Las personas tendemos a ahorrar trabajo y, sobre todo, a la ley del mínimo esfuerzo; en éste sentido, es muy distinta la ergonomía, que busca la comodidad en el trabajo para evitar lesiones corporales, enfermedades laborales y mejorar el rendimiento en el trabajo. Como ya hemos dicho, casi siempre tratamos de trabajar lo indispensable para cada día, y aquello que no es urgente o puede esperar lo dejamos para el día siguiente ó subsiguiente, aunque podíamos hacerlo hoy, adelantando trabajo para que mañana podamos avanzar más.
Hay muchas cosas que no se necesitan expresamente para hoy, pero deben hacerse y como hoy no son necesarias decimos "ya lo haré mañana" para lo mismo decir mañana y pasado. Son cosas que la mayoría no pertenecen al ámbito laboral, por eso se dejan para mañana; ordenar el armario o el trastero, arreglar el jardin, clasificar unas fotos, planchar ropa, limpiar una parte de la casa, hacer una llamada a un amigo o visitarle, hacer un encargo que nos hizo una persona hace tiempo, hacer algo que nos han pedido nuestros hijos, reconciliarnos con alguien, tantas cosas que hay que hacer, que por simple pereza quedan aparcadas para otra ocasión, porque no son urgentes, pero son necesarias y algunas si que son urgentes, pero no queremos reconocerlo.
El hombre que no deja nada para mañana, salvo aquello que no le ha dado tiempo, es una persona laboriosa y responsable, es alguien en quien poder confiar, porque responde con presteza a todos los requerimientos y solicitudes que se le hagan, sin otro obstáculo que su falta de capacidad o de tiempo.
Hay muchas cosas que no hay que dejar para mañana, no solo de hacer, sino de querer, no se trata de querer cosas materiales (un coche o un televisor), sino de aquellos deseos que llevamos anidados en nosotros mismos y queremos realizar y vemos que se nos pasa la vida sin llevarlos a cabo : el viaje de nuestra vida, aprender un instrumento musical, escribir un libro, correr en la maratón, el camino de Santiago, desarrollar una afición, etc. Un sueño o deseo no satisfecho nos pesa toda la vida y si lo dejamos para mañana no lo haremos nunca.
No hay que dejar para mañana lo que podemos querer hoy, pero sobre todo a quien podemos querer hoy, porque mañana, esas personas pueden no estar o faltar nosotros, y entonces nos pesará no haberles querido lo suficiente y a un ser querido nunca se le ama lo suficiente y hay muchas personas a las que querer. No dejemos para mañana a quien podemos querer hoy.
A lo largo de la historia de la
humanidad la mujer ha tenido una posición de sumisión ante el hombre o de 2º
plano. Ya desde los tiempos del hombre primitivo se asignaron las funciones
para cada uno; el hombre era la fuerza, necesaria para cazar y para guerrear
con las tribus vecinas, el tomaba las decisiones que afectaban a la familia y
al poblado; la mujer tenía que criar a los hijos, preparar la comida y otras
labores como recolectar frutos, elaborar vestidos, cultivar la tierra, acarrear
leña, moler grano y un largo etcétera, sin olvidar que por la noche tenía que
soportar al hombre y engendrar más hijos. Este plan de vida se mantuvo desde
las primeras civilizaciones, para continuar durante la edad media, edad moderna
y parte de la contemporánea. La mujer era considerada el sexo débil, aunque en
la práctica, era más fuerte que el hombre, a juzgar por todo el trabajo que
tenía que hacer, incluso en supervivencia infantil y longevidad superaba al hombre;
el estar en un 2º plano no impidió que hubiese mujeres muy importantes para la
historia universal: reinas, santas, escritoras, lideres sociales y hasta
militares. “Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer”, porque la mujer
siempre ha sido un apoyo para el hombre, aunque éste tardase en reconocerlo.
Los hombres querían a las mujeres a su manera, o a la manera establecida por la
sociedad de entonces; la propia Iglesia tampoco colaboró a mejorar la
situación, pues predicaba la frase de S. Pablo “ mujeres obedeced a vuestros
maridos” pero se le olvidó leer la continuación “maridos, amad a vuestras
mujeres”, porque S. Pablo no era ningún machista, aunque haya quien piense lo
contrario. Los hombres no sabían amar a las mujeres, aunque tampoco se esforzaban
en aprender.
Tuvo que llegar finales de siglo
XIX y principios de siglo XX para que la mujer empezase a asociarse en ligas
femeninas y reclamar sus derechos, aprovechando que se lo permitían. En España, el voto femenino empezó con la 2ª
República en 1931. Después de la 2ª Guerra Mundial, a partir de escritoras y pensadoras como
Simone de Beauvoir, nació un movimiento feminista que se desarrollo en los años
60 con la famosa Revolución Sexual y otras activistas como la famosa actriz
Jane Fonda. Este movimiento feminista ha continuado su lucha, vinculado a
partidos políticos de izquierda y su mensaje se ha concretado, ya en el siglo
actual, con la famosa y perniciosa “Ideología de Genero”. En éste punto hay que
decir con rotundidad que una cosa es luchar por una igualdad de derechos
hombre-mujer y otra es destruir a la mujer en su esencia- y por consiguiente a
la familia natural- porque si los hombres no han sabido amar a las mujeres,
ahora las mujeres no van a saber amar a los hombres.
La ideología de Género dice
básicamente que las diferencias entre los sexos, al margen de diferencias
anatómicas, se deben al contexto cultural y social en el que vivimos. Un niño
es niño o varón porque así se le enseña desde pequeño en la escuela, familia y
sociedad en la que vive, y lo mismo para las niñas, y ello es la causa de la
desigualdad entre hombres y mujeres. Por tanto, si desde la infancia, los niños
reciben una educación en la que se les enseña que no hay sexo sino un genero,
como en el lenguaje, que no implica diferencias entre el hombre y la
mujer; y que el ejercicio de la
sexualidad depende de la orientación que cada uno, libremente, quiera tomar,
entre distintas alternativas: heterosexualidad, homosexualidad, lesbianismo,
bisexualidad y lo que se quiera inventar; y que no existe un solo tipo de
familia – llamada familia tradicional – sino varios tipos de familia, según la
orientación sexual; y que la maternidad no es el camino natural de la mujer,
sino algo opcional, que puede ser interrumpido –abortado- siempre que se desee.
Hombres y mujeres nunca van a ser
iguales, aun teniendo los mismos derechos, cada uno tiene su función natural,
que es necesaria en la sociedad. La mujer está hecha para la maternidad, el
hombre para producir la maternidad en la mujer y ambos están hechos para sacar
la familia adelante, trabajar, compartir las tareas del hogar, quererse y dar
buen ejemplo; porque una sociedad necesita familias estables, que den hijos
ejemplares y con su trabajo, paguen las pensiones de los jubilados, entre otras
cosas. Decir que la mujer está hecha para la maternidad no es que debe parir
como una coneja, sino que se debe ejercer una paternidad responsable, por parte
de ambos, hombre y mujer, teniendo en cuenta los medios de que dispone el
matrimonio, sus necesidades, y todo ello, dentro de un clima de amor familiar.
Cuando falta ese amor, las familias se rompen, el divorcio no es, sino la
estocada final a una familia que ya está muerta.. La falta de amor llevada al extremo, degenera en violencia, en la llamada
violencia de genero, que es un constante desfilar de mujeres en ataúd.
La lucha por los derechos de la
mujer no se soluciona con el aborto libre y gratuito, que mata niños en el
vientre de la mujer y permite que el hombre se desentienda de la maternidad, de
la que es responsable. En este sentido, es muy triste como ningún país ayuda a
una mujer embarazada y con problemas, a que de a luz- salvo a abortar- Esta
labor queda relegada a instituciones benéficas particulares, como es el caso de
Red Madre en España. La mujer necesita, por parte del Estado, que se iguale su
sueldo al del varón y una conciliación laboral, y por parte del hombre,
colaboración en el hogar y sentirse amada.
El hombre tiene que aprender a
amar a las mujeres, es su asignatura pendiente, y por mucha igualdad que se
quiera poner en la sociedad –igualdad de derechos- hombres y mujeres no son
iguales, tienen que aprender a quererse entre si.
La voluntad de poder es un concepto acuñado por el filósofo
Friedrich Nietzsche, cuyo objeto es la consecución del Superhombre. Nietzsche
considera el poder como lo bueno y la felicidad del hombre está en la sensación
de que el poder aumenta y se ha superado un obstáculo; por el contrario, lo
malo es todo lo que brota de la debilidad. El hombre debe buscar el aumento del
poder y no debe tener ninguna moral que se lo impida, no debe buscar la virtud
(inclinación hacia el bien) sino la aptitud (capacidad para obrar poder). En
cuanto a los débiles y fracasados, éstos deben ser eliminados, imponiendo una
selección natural en el hombre; se considera seres débiles aquellos que
renuncian a ser superiores y se dejan llevar por una moral de rebaño,
concretamente la cristiana.
Hay que analizar las cosas con un poco de sensatez, una cosa
es que la Iglesia Católica se haya corrompido en determinadas épocas de la
historia, desacreditándose en la enseñanza de su doctrina, y otra cosa es decir
que el hombre, para ser dueño de si mismo y superior, se tenga que librar de
toda moral, o sea, de lo que nos enseña que es lo bueno y lo malo. Si el hombre
quiere ser un superhombre, como nos dice Nietzsche, entonces lo que va a ser es
un “lobo para el hombre” como nos dice Thomas Hobbes, en su obra “El Leviatan”
en el que afirma que el estado natural del hombre es la lucha contra su
prójimo. Y el hombre es el peor depredador para si mismo, porque posee el arma
de destrucción masiva, cuando se emplea mal, que es la inteligencia, ejemplo de
ello es el holocausto judío del Nazismo, crímenes del Stalinismo, de Pol pot en
Camboya, masacres en Ruanda, estado islámico, multiples terrorismos, etc. Si
juntamos dos voluntades de poder, es como juntar 2 gallos de pelea, se termina
a garrotazos ó en guerra.
El hombre es voluntad de sentir, porque es un ser que siente
y que padece. Somos una persona en un cuerpo sensorial que sentimos la belleza
de las flores, la brisa del mar, una puesta de sol, el esfuerzo del deporte, la
buena comida y mejor siesta. Voluntad de sentir es como decir, que la vida es
para sentirla y vivirla, que bonito es disfrutar de un cigarrito a la salida
del trabajo, yendo caminando a casa tranquilamente, haciendo buen tiempo. Las
personas disfrutamos, sobre todo, con los pequeños placeres, porque son
sencillos, como nosotros. Sentimos emociones
de alegría, tristeza o ira, que nos produce una hermosa película, un bonito
atardecer, una injusticia, una desgracia, una victoria deportiva, etc. También sentimos
el dolor, la debilidad física y la muerte, a la que, irremediablemente estamos
sujetos.
Pero el hombre es, ante todo, voluntad de querer o de amar,
porque tiene un corazón, que es la capacidad para querer, algo que no está
presente en los animales. Si juntamos 2
voluntades de querer, entonces surje una familia, una amistad, porque en ambos
hay una capacidad de darse al otro. Frente al modelo del superhombre, propuesto
por Nietszche, en el que su fuerza está en su poder, el Evangelio nos propone el modelo del
supercorazón, que encarna el mismo Cristo, en el que su fuerza está en su amor
al prójimo.
El buen ladrón es un personaje del Evangelio, que tuvo la
desgracia ó suerte, según se mire, de compartir condena a muerte con Cristo.
Este hombre era un delincuente, salteador de caminos, seguramente asesino y
zelote (combatiente contra los romanos), compañero del otro delincuente llamado
mal ladrón. A pesar de la situación tan terrible, la actitud de éste hombre es
hermosa y sorprendente
El buen ladrón, al que la tradición cristiana ha llamado
Dimas, es un hombre que reconoce sus delitos, y acepta la condena a muerte como
algo justamente merecido, y así se lo hace ver a su compañero delincuente.
Realmente ¿Cuántos delincuentes en prisión, reconocen su mala vida y se
arrepienten de ello? Por supuesto que los hay, pero no son la mayoría; y se
justifican en que la sociedad, por ser injusta, les ha obligado a delinquir, y
ellos no son más que unas victimas (victimismo del delincuente). Un condenado
por corrupción política siempre dirá que fue acusado falsamente por sus
adversarios políticos; un terrorista siempre dirá que él no es un asesino, sino
un luchador por la libertad de su “pueblo”. Si nos salimos del mundo
penitenciario y nos vamos a la sociedad en general, vemos que sucede lo mismo;
las personas se ofenden unas a otras en sus relaciones habituales de familia,
trabajo, vecindad, etc y no se piden perdón, salvo excepciones, siempre la
culpa la tiene el otro; y las amistades se pierden, las familias se rompen, los
ambientes de trabajo se deterioran.
Pero además, Dimas es un hombre que va más alla del
arrepentimiento, que ya es mucho, porque reconoce a quien está en la cruz con
él, reconoce la inocencia de Cristo y su divinidad: no le pide el milagro de
salvarle de la muerte, sino la gracia de poder ir al Cielo, porque es lo que le
importa verdad. Con toda seguridad,
Dimás tendría una práctica y formación religiosa nula y olvidada, como les
sucede a la mayoría de las personas de hoy día, que se declaran no practicantes
y agnósticos, sin embargo fue capaz de reconocer a Cristo como Dios, algo de
humildad tendría en su corazón; una actitud totalmente contraria a los fariseos
(maestros y guardianes de la religión) y sacerdotes del templo (administradores
de la religión al pueblo) que no paraban de vociferar todo tipo de improperios
e insultos a Cristo, estando sufriendo de dolór.
El llamado mal ladrón es una imagen bastante acertada de
nuestra sociedad. Este hombre le dice a Cristo que se salve a si mismo-que para
eso es Dios- y sobre todo, que le libre de la cruz a él y a su compañero, pero
nada de reconocer sus delitos. La gente, si alguna vez reza a Dios, es para
pedirle “algo” de tipo social, económico ó de salud, pero nada de reconocer
nuestras faltas, incluso se afirma con rotundidad que no tenemos pecados ¡Como
se puede ser tan caradura! Hace falta un cursillo de humildad, la que tenía el
buen ladrón El buen ladrón reconoció sus faltas y pidió perdon por ello y aunque tuvo que pagar muy caro por sus delitos, entró en el cielo por la puerta grande.
En el Evangelio se nos presenta la parábola de las 10
virgenes, que esperaban la llegada del esposo al la casa donde se iba a
celebrar el matrimonio. Estas jóvenes formaban un cortejo para recibir al novio
y, como era de noche, tenían que esperar con una luz encendida. La espera se
alargó demasiado y a algunas de éstas chicas se les terminó el aceite de sus
lámparas, no fueron previsoras (Virgenes necias) y tuvieron que ir a buscar más
aceite. En ese tiempo, llegó el novio y entraron todos a la casa. Cuando
llegaron las vírgenes que habían ido a por el aceite, se encontraron la puerta
cerrada y se perdieron la ceremonia.
La función de éstas muchachas era esperar y alumbrar, esperar
y alumbrar es una buena actitud de vida para un cristiano corriente o para una
persona de buena voluntad; porque hay que alumbrar en la vida, con la luz de la
solidaridad, la generosidad, el amor, el compañerismo, la buena vecindad, la
belleza, etc. Si observamos los informativos y prensa escrita o digital de
nuestros días, la situación no solo es de oscuridad, sino de terrible espanto;
afortunadamente, también hay buenas noticias, aunque de menor importancia o
trascendencia, porque están protagonizadas por gente sencilla, no dirigentes
políticos, y son esas pequeñas luces que alumbran la oscuridad de nuestra
sociedad.
Vale más encender una lucecita que maldecir de las tinieblas
y, si en una habitación a oscuras, alguien enciende un móvil o mechero, por
pequeña que sea esa luz, todos van hacia ella. Cada uno tiene que iluminar en
la medida de sus posibilidades y lo que no alumbremos nosotros, otros no lo van
a hacer.
Hay que alumbrar en la vida, pero también esperar, como las vírgenes
que esperaban al esposo. La espera es una actitud muy humana y la esperanza es
lo último que se pierde; estamos a la espera y nos preocupa que nos depara la
vida, ¿Qué será de nosotros, de nuestros hijos y nuestros seres queridos? Una
persona que ha vivido dando luz y calor, tiene que confiar en que, al final de
su vida, no se va a quedar desamparado, porque quien da recibe. Para un
cristiano la espera va más alla, porque sabe que su vida, aunque se acaba, no
se acaba, solo cambia la manera de vivir y es entonces, cuando conocemos a
Aquel, por quien hemos vivido con la luz encendida. Que buenas las personas que
no han vivido para si mismos y han tenido la lámpara encendida, dando luz y
calor; como la poesía de la Infanta
jorobadita, de José María Pemán, que no se preocupan de hilar trajes de oro y
plata, sino de ser sencillos en la vida esperando a Aquel que les ama.
Ésta fue la prima noche. Cuando sonreía el alba murió la jorobadita, como se muere una lámpara. Corrió por todo el palacio la noticia comentada: “No vivía en este mundo.” “Era una criatura extraña.” Sus hermanas, recelando por sus trajes de oro y plata, preguntaban a la dueña: “¿Qué dura el luto de infantas?” … A la noche la regaron de lirios y rosas blancas. La sacaron de puntillas por una puerta excusada. Como si fuera al encuentro del novio que ella soñaba, iba la risa en sus labios, la paz en su frente blanca. Las estrellas y la luna la vestían de oro y plata.
El lavatorio de los pies es una de las escenas más hermosas
del Jueves Santo; en ella Cristo lava los pies a los discípulos antes de
celebrar la última cena, en el día en que les llamó amigos. El objetivo de éste
acto es doble, por un lado mostrar a los apóstoles una actitud de servicio,
lavando los pies, que ellos deben tener con el prójimo; por otra parte, tienen
que dejarse lavar los pies, esto es, tienen que dejarse querer, así se lo hizo
ver a S. Pedro.
Hay personas que caminan por la vida haciendo mucho ruido y
pisando fuerte, porque pisan con orgullo y prepotencia, queriendo que todo el
mundo les oiga llegar y vea pasar, aunque después, su obrar en la vida no tiene
ningún valor; los pies de ésta gente, así como las manos, cabeza y corazón
necesitan un buen lavado. Hay personas que caminan silenciosamente sin llamar
la atención, nadie se da cuenta de su paso y después ven la grandeza de las
obras que han hecho.
El Papa Francisco ha dado al mundo una lección de amor y
tolerancia el día de Jueves Santo, en la Misa celebrada en el centro de
refugiados de Roma. En ésta ceremonia, con unos asistentes mayormente no
cristianos, realizó el acto del lavatorio de los pies con 12 personas de
distintas confesiones religiosas, siendo 3 de ellos musulmanes. Este sencillo
lavatorio derriba la intolerancia de unos terroristas que matan en nombre de
Dios a los “infieles”- con los atentados de Bruxelas, Paris, Lahore, Kenia y
tantos lugares-; derriba la intolerancia de los políticos que quieren eliminar
la religión de la vida pública, en defensa de una sociedad laica y tolerante
con todas las religiones; derriba la intolerancia de una Unión Europea que
pretende pagar dinero a Turquía para deshacerse de unos pobres refugiados;
derriba la intolerancia de muchos ciudadanos que solo piensan en si mismos,
ajenos a un prójimo que sufre. Hay muchas formas de intolerancia, todas tienen
en común que son incapaces de querer a nadie; esos refugiados, a quienes el
Papa lavó los pies, se sintieron amados, al menos ese día.
Hay que lavar los pies para vencer la intolerancia y el egoísmo,
pero sobre todo hay que dejarse lavar los pies.
Las procesiones de Semana Santa son una expresión de
sentimiento religioso que recorre España de un extremo a otro, comenzando
incluso desde el jueves anterior ó Jueves de Pasión hasta el Domingo de
Resurrección. Podemos preguntarnos quien creó la Semana Santa o ¿Cómo comenzaron
a celebrarse éstas procesiones? En el caso de Medina del Campo (Valladolid),
por ejemplo, fue el religioso San Vicente Ferrer quien inició la celebración de
éstas procesiones, por el año de 1410, siendo las procesiones de disciplina, de
las más antiguas de España; de la misma manera, surjieron en los demás pueblos y
ciudades de España, animadas por las autoridades eclesiásticas y apoyadas por
el fervor y sentimiento religioso popular. La Semana Santa fue creada por curas
y religiosos, ciertamente, pero se enraizó de tal manera en el pueblo cristiano
que creó su bosque propio; y así cambió de propiedad, ya no pertenece a la
Iglesia, como autoridad religiosa, pertenece al pueblo, a la gente, al cofrade
que desfila en la procesión en silencio, a las personas que asisten a ella
desde fuera o participan en la misma, también desfilando.
La Semana Santa pertenece a la gente, pertenece a ese
cofrade, que a veces no va a Misa los domingos, pero tiene su propio
sentimiento religioso. Durante el año el cofrade espera que lleguen las fechas
señaladas, con anterioridad ensayan las bandas de música de las cofradías, se
preparan los pasos con cariño y muchas flores. El día de la procesión es el más
esperado, hay que llevar el Cristo a hombros, aunque pese y se soporta el frío
y la molestia de caminar descalzo, porque es una penitencia que la pide el
corazón del cofrade. Se desfila en silencio, llevando a ese Cristo llagado y a
su madre doliente y lloran las trompetas y gritan los tambores de las bandas de
música y suena la saeta que dice que no quiero cantar a ese Cristo del madero,
sino al que anduvo en la mar, y ese Cristo del madero nos dice que todo su
sufrimiento era necesario.
En las procesiones, se ve a Dios más humano que nunca, aunque
sea en imagen de madera, porque se le puede coger y llevar a hombros, hasta
darle un beso en los pies. La gente solo quiere acompañarle en ese camino al
Calvario, y quiere hacerlo por las calles de su ciudad, de su pueblo de su
barrio, echarle una flor desde el balcón de su casa o una mirada de ternura.
La Semana Santa es nuestra, algunos políticos la quieren
eliminar en aras de una supuesta sociedad laica, libertad religiosa o lo que se
les ocurra. ¿Qué saben ellos de libertad religiosa ni de sentimientos
religiosos de las personas? Un cristo azotado que desfila por las calles no hace daño a nadie, al igual que un crucifijo
en el aula de un colegio. La Semana Santa no es algo que la Iglesia emplea para
influenciar a la gente y luego marque la X en la declaración de la Renta, quien
diga esto es un demagogo y un ignorante, La Semana Santa pertenece al pueblo y
al corazón de la buena gente, es nuestra, es mía.